El 22 de mayo de 2025 fueron asesinados dos empleados de la embajada de Israel en Washington al grito de «¡Palestina libre!». Como no puede ser de otra manera, el aparato político y mediático estadounidense está aprovechando este suceso para acelerar la aplicación de su apuesta política: el auge de la reacción, derechización, militarización y represión en el frente interior. Hechos como este pueden ser la justificación oportuna para redoblar la ofensiva no solo en EE.UU., sino en todos los países de la OTAN.
Como ya advertimos en nuestro análisis sobre el rearme europeo1, este forma parte de una ofensiva de la oligarquía financiera de los países occidentales que combina militarización, criminalización de la protesta y refuerzo de los aparatos represivos, como expresión de una reorganización reaccionaria del poder político burgués.
Elías Rodríguez, autor del ataque, es una figura vinculada a sectores combativos de movimientos urbanos populares en EE.UU. Según diversas fuentes, había participado en protestas organizadas por el PSL, el movimiento Black Lives Matter y otros colectivos antirracistas. Su acción —individual, desesperada— no puede separarse del contexto de genocidio en Gaza, del papel de Israel como punta de lanza del imperialismo en Oriente Medio, ni de la impunidad con la que actúa bajo la cobertura política, económica y militar de EE.UU.
El ataque ha sido presentado de inmediato como un acto de terrorismo, y se ha activado el discurso habitual que no distingue entre violencia dirigida contra estructuras del poder y ataques contra civiles inocentes. Se trata, como siempre, de desdibujar las causas políticas que explican este tipo de acciones y de reforzar la narrativa que equipara toda forma de oposición (incluso la no violenta) con la amenaza terrorista. En este marco, se abre la puerta a una represión aún más amplia: contra movimientos sociales, organizaciones políticas revolucionarias, y cualquier forma de protesta popular que cuestione las estructuras de poder del imperialismo.
Frente a esta dinámica, los colectivos populares se deben fortalecer a todos los niveles para hacerle frente, y para poder convertir la desesperación en lucha organizada. Es necesario intervenir en el terreno ideológico para desmontar la falsa equivalencia entre resistencia y terrorismo. También para dejar claro que, mientras continúa el genocidio y el apartheid contra el pueblo palestino, lo que se condena sin matices son las respuestas de quienes se rebelan, no el orden criminal que las genera.
Que sucedan más estos asesinatos políticos es reflejo de una agudización de la lucha de clases. En el momento actual es una salida ante la más profunda desesperación. En lugar de condenar desde la distancia, nuestro papel debe ser el de trabajar para convertir esa desesperación en lucha organizada y consciente.
Como ya mencionamos en nuestro artículo sobre el apoyo popular a Luigi Mangione2, es tarea del movimiento comunista convertir los actos de rabia individual en la necesaria organización colectiva, convertir los múltiples focos de rebelión en palancas de la revolución. Es así como verdaderamente podremos servir al pueblo.
