Deny, defend, depose, un nuevo lema que gana fuerza y apoyo popular en los Estados Unidos, y en el resto del mundo. ¿Pero, por qué?
Walter White, el personaje protagonista de Breaking Bad, acaba fabricando y vendiendo metanfetamina para poder costear el tratamiento de cáncer que su aseguradora le negó. Un personaje que muestra cómo las clases populares empatizan rápidamente con la figura del antihéroe. Alguien que pasa a los márgenes del sistema y trata de combatirlo a través de acciones individuales, para satisfacción individual. El Joker, V de Vendetta o el Profesor de la Casa de Papel, son otros ejemplos claros.
Pero… ¿qué pasa cuando este antihéroe salta fuera de la gran pantalla? Este es el caso de Luigi Magione, que asesinó con tres balazos al CEO de UnitedHealthCare, la aseguradora con mayor tasa de rechazo de tratamientos de Estados Unidos.
La expresión más cruda y violenta de la rabia y frustración frente al sistema, como es asesinar a sangre fría a un alto directivo, no deja de ser un acto individual que no alterna de ninguna manera las relaciones de producción que mantienen la explotación capitalista en el sistema de salud.
No obstante, es resaltable el apoyo popular que está recibiendo, y cómo la situación de estancamiento económico general y de ahogo de las clases populares lleva a justificar acciones de ajusticiamiento por parte de individuos pequeñoburgueses radicalizados.
Esto indica en qué grado las condiciones objetivas son favorables a una revolución para cambiar estas relaciones sociales de producción que condenan a la mayoría a la incertidumbre y la miseria.
Sin embargo, falta el factor subjetivo: la organización revolucionaria capaz de dirigir tal proceso revolucionario, entrelazada con amplias y combativas organizaciones de masas de resistencia.
El sistema de salud en Estados Unidos
A través del expolio productivo y económico a países dominados y la influencia sobre las agendas del resto de potencias imperialistas, Estados Unidos recibe un flujo de capital constante que permite seguir alimentando la maquinaria.
Siguiendo la lógica socialdemócrata, esto debería permitir asegurar unas condiciones de salud dignas para el conjunto de las clases populares estadounidenses. ¿Pero, por qué esto no pasa?
La respuesta es la misma que habría que dar a por qué en una potencia imperialista, como España, el acceso a una vivienda digna no está garantizado.
La explotación capitalista se extiende a todas las áreas de la vida. El excedente de capital generado del expolio a países dominados, y de la explotación a los propios trabajadores estadounidenses, se invierte en seguir explotando por diferentes vías a las clases populares del país.
Dentro del capitalismo, el sistema sanitario permite mantener las condiciones necesarias de salud para que los trabajadores puedan seguir vendiendo su fuerza de trabajo al día siguiente, además de garantizar la reproducción de nueva mano de obra. A ojos del capitalista, la inversión en salud es equivalente al mantenimiento de la maquinaria.
De esta forma, los monopolios sanitarios, formados por grandes aseguradoras y farmacéuticas, sostienen la sartén por el mango. Sin seguro de salud, privado o público, el acceso a la sanidad se vuelve tremendamente costoso. Y aún con seguro, millones de estadounidenses se ven forzados a endeudarse para costear los tratamientos que las aseguradoras rechazan. ¿La alternativa al endeudamiento? Morir o vivir agónicamente.
Las farmacéuticas y centros de salud inflan los precios de los tratamientos y la atención sanitaria para seguir sacando tajada, lo que, sumado al alto coste de la burocracia para la gestión de tantos intermediarios, lleva a que el gasto público en sanidad en Estados Unidos sea del 16% de su PIB, muy por encima de países como España.
Un sistema fallido, absolutamente ineficiente, pero que garantiza el retorno de capital esperado para la oligarquía financiera que controla las farmacéuticas, los centros de salud, las aseguradoras y la banca con la que se endeudan las clases populares del país.
La falta de alternativa dentro del capitalismo
Ante esta distópica realidad, la socialdemocracia reclama el “Estado del bienestar” como la solución al problema. Una solución que no está al alcance de su mano ni tampoco de su voluntad política.
El “Estado del bienestar” fue un producto histórico de la lucha de clases, de un movimiento obrero capaz de torcer la mano a los capitalistas con su capacidad de combate, que en no pocas ocasiones entendió (a través de la lucha contra el oportunismo) que la lucha por reformas debía servir de escuela de socialismo y de preparación para la revolución.
Con la victoria del revisionismo moderno en la URSS primero y en China después, el movimiento comunista internacional sufrió dos duros golpes. La abrumadora mayoría de los partidos comunistas claudicaron de la tarea de organizar la revolución, los mismos que habían arrancado el Estado de bienestar en arduas luchas. Se convirtieron en la práctica en partidos reformistas radicales, comparsa de izquierda de la socialdemocracia que ya llevaba medio siglo ofreciendo una “gestión más amable para los obreros de la misma explotación capitalista”.
De aquellos barros, estos lodos. La “ofensiva neoliberal” ha conseguido, en estas últimas cuatro décadas, desmantelar sistemáticamente partes significativas de las conquistas anteriores de la clase trabajadora, incluyendo el sistema de salud público, dejándolo en el actual “mínimo eficiente” (para los intereses de los capitalistas).
Sigue hoy la complicidad de los políticos burgueses con las aseguradoras (entidad del capital financiero en el sector de la salud), la gestión ineficiente fruto de la administración burocrática, y la precarización continuada de las condiciones laborales de los trabajadores rasos de la salud.
Esta tendencia no es casual. Cualquier derecho ganado por los trabajadores bajo el sistema capitalista siempre está en peligro de ser revocado. Estos solo pueden ser plenamente garantizados con la superación del capitalismo.
Solo de esta manera, podremos garantizar las condiciones de seguridad laboral y salud necesarias para asegurar una vida digna para el pueblo, incluidos los propios trabajadores del sistema de salud.
El poder nace de la boca del fusil
Mao evidencia que el poder, la capacidad de que la actividad social se realice de un modo y no de otro, se sostiene en la capacidad de ejercer violencia. Por tanto, el poder popular tiene como base la capacidad de ejercer violencia contra los enemigos del pueblo. Esta es una crítica directa al pacifismo, pero mal entendida, lleva a desviaciones que justifican el terrorismo o sobredimensionan la capacidad transformativa de actos aislados de ajusticiamiento, como ha ocurrido con Luigi Magione.
La revolución la hacen las masas: cualquier cambio social o revolucionario en la historia tiene como elemento central al pueblo. La perspectiva pequeñoburguesa es la contraria: la historia avanza conforme a las grandes ideas de un puñado de grandes hombres. Los productos culturales de consumo alimentan esta idea. La figura del antihéroe, tal y como se presenta, ataca la base de que una revolución es un acto de masas. El enfrenamiento directo de un número escaso de individuos contra el Estado es el delirio de la esperanza pequeñoburguesa de poder conseguir un cambio rápido, desde la inteligencia y la intrepidez. En la mayoría de casos, en la historia, estos grupos han sido aplastados. En otras ocasiones, han servido como justificación para aumentar el nivel de represión del Estado. En las pocas ocasiones en que han conseguido deponer el poder del Estado y hacerse con el poder político, no han podido dar una alternativa a la administración burocrática del capitalismo.
Por ello, en el centro de las tareas revolucionarias está la agitación y propaganda y la educación política, porque solo a través de ellas podremos desencadenar la acción colectiva que es una revolución, no solo para la toma del poder, sino para ejercerlo en la transformación radical de la sociedad. Poniendo en el centro estas tareas políticas es donde todas las formas de lucha tienen cabida.
Compartimos la rabia de las clases populares de EEUU ante la crueldad del sistema sanitario y el resto de la explotación capitalista. El acto de Luigi condensa toda esta rabia en un justo acto de rebelión. Es tarea del movimiento comunista convertir la justa rabia individual en la necesaria organización colectiva, convertir los múltiples focos de rebelión en palancas de la revolución. Es así como verdaderamente podremos servir al pueblo.
