El trabajo sigue siendo central

Artículo para el 1 de Mayo de 2026

Pots llegir la versió en català en el següent enllaç:

El treball continua sent central


El trabajo moldea nuestras vidas

Cada día, millones de personas tomamos decisiones conscientes e inconscientes determinadas por el trabajo.

Para el grueso de la población, el trabajo es la actividad que más tiempo de nuestra vida concentra. Nuestros horarios, ciclos de sueño, alimentación, desplazamiento, buena parte de nuestras relaciones personales y el aprovechamiento del “tiempo libre” vienen directamente condicionados por el trabajo.

Nos preparamos durante años, a veces décadas, para trabajar. Nos disciplinan desde la infancia para madrugar, seguir tablas de tiempos, respetar cadenas de mando y asumir distintos tipos de tareas.

En el trabajo desarrollamos, a menudo forzosamente, habilidades que jamás hubiéramos abordado de otras maneras, sea por falta de recursos o de voluntad; y descuidamos otras porque no resultan de utilidad para nuestros explotadores. Para muchos, hay lugares del mundo que nunca conoceremos si un empresario no nos necesita trabajando allí.

El trabajo forzoso que realizamos para los capitalistas marca nuestros cuerpos.

Año tras año, más de un millón de accidentes laborales son registrados en el lugar de trabajo o de camino a él, con la mitad causando baja laboral, cerca de 5000 siendo graves y 1000 mortales1. Los datos no sólo no mejoran, sino que en cada crisis la explotación aumenta y el riesgo que asumimos crece con ella.

Son las cifras negras del crimen patronal en España, que cada trabajador debe llevar grabadas a fuego en el pecho para no olvidarlas.

La mayor concentración y gravedad de estas cifras las padece el proletariado industrial y de otros sectores productivos, pero sus ramificaciones afectan directa o indirectamente a todos los sectores de la clase trabajadora.

Fuera de los lugares de construcción, las fábricas y almacenes, las instalaciones de saneamiento y los restaurantes, que destacan por la incidencia de accidentes, el esclavo asalariado también siente el látigo, especialmente sobre su mente.

Los capitalistas han convertido sus oficinas en auténticas mazmorras donde exprimen a trabajadores intelectuales y a menudo los manipulan y coaccionan hasta la enajenación. Los colapsos nerviosos y somatizaciones físicas (lesiones cutáneas, bruxismo e impedimentos músculo-esqueléticos) son el pan nuestro de cada día para los trabajadores de cuello blanco y los técnicos rasos de nuestro país. No por nada la cifra de bajas por salud mental supera el medio millón, y solo su mafioso sistema de mutuas logra que queden encubiertas como “contingencias comunes”, es decir, formalmente ajenas al mundo laboral2.

Cuando nos vemos excluidos temporalmente del trabajo asalariado, seguimos atados a él por mil hilos.

Las mutuas y los chivatos de los patrones nos someten a un tercer grado durante las bajas y nos obligan a pasar desapercibidos para no ser arrastrados de vuelta a la picadora de carne; la necesidad económica nos empuja a tragarnos nuestro orgullo y malvender nuestra capacidad de trabajar cuando estamos en paro.

A aquellos que superamos la carrera de obstáculos que plantean los riesgos en el trabajo, así como los malos hábitos a los que nos podemos ver arrastrados y el puro azar biológico, nos quedan los años de la jubilación, cada vez más tardía, más incierta y más precaria, y hemos de sobrellevar en ella los achaques de haber sido mulos de carga para el sistema durante décadas.

Incluso las capas del pueblo que no viven su día a día en el circuito del trabajo asalariado para los capitalistas ven sus vidas condicionadas por él. Los trabajadores itinerantes y temporeros viven pegados a sus teléfonos esperando que les llamen para trabajar; los pequeños empresarios independientes y trabajadores por cuenta propia han de compensar con su propio sobreesfuerzo la falta de competitividad que tienen respecto a la gran burguesía, y se ven condicionados a adaptar sus horarios y lugares de residencia de forma similar que el resto de la clase trabajadora.

El trabajo moldea la sociedad

Pero los capitalistas no nos ponen a trabajar por el puro placer de ver cómo nos adaptamos a sus necesidades y caprichos.

El hecho de estar explotados como trabajadores no solo es una opresión que condiciona nuestras vidas a nivel individual, sino que es la fuente de la riqueza de los capitalistas y, por lo tanto, el factor fundamental para organizar el conjunto de la sociedad a través de su Estado y sus inversiones de capital.

La necesidad de optimizar la concentración de recursos, es decir, nosotros y las instalaciones que operamos, lleva al desarrollo de unas ciudades y la decadencia de otras.

En España, donde la red productiva es densa, pero más débil que en otras potencias imperialistas, este contraste es más notorio: los trabajadores nos vemos obligados a orbitar alrededor de ciertas capitales con mejores redes de distribución y logística, y mejores focos productivos (por tanto, más empleo). Nos apiñamos en ellas, saturando sus recursos y nos vemos exprimidos por todo tipo de especuladores por tal de tener un techo. Nos exprimen en el trabajo y fuera de él. La alternativa es conformarnos con menores oportunidades, en todos los sentidos, en la España que el sistema ha decidido vaciar.

Primero llega el bloque de las grandes cadenas productivas, que fijan centros de producción, puertos, carreteras y vías férreas. Con ello, los capitalistas aseguran que podemos llevar a cabo sus operaciones más valiosas. Detrás llegan los trabajadores necesarios para mantener a flote todas las actividades auxiliares a la producción: administración, servicios públicos y privados, centros de ocio y consumo. La necesidad de concentrar la producción más pesada hace florecer un ecosistema a la vez estimulante y hostil a los trabajadores y otras capas populares.

Y, como en todo ecosistema, los parásitos también llegan: los jefes, especuladores y patrulleros que se pegan a rueda del orden capitalista y terminan de sacarnos la sangre. Con ellos la sociedad también se ve moldeada. Barrios enteros se convierten en escaparates o lugares de acceso exclusivo para los adinerados, a veces incluso literalmente exclusivos en algunos sentidos3, mientras los barrios más precarios son objeto de continuas redadas y abusos de autoridad policial.

La producción sigue siendo el corazón de la sociedad

Los burgueses llevan desde el inicio del capitalismo tratando de convencernos de que su riqueza no procede de nuestro trabajo, sino de su habilidad comercial y administrativa. No es la producción, sino la mercancía, según los burgueses.

Sus geniales ideas millonarias, su audacia al asumir riesgo, su capacidad de negociación.

¿Pero quiénes convierten en realidad sus ideas millonarias a cambio de unos pocos miles de euros?

Cualquier trabajador sabe que los empresarios y los ejecutivos están tan enajenados de las necesidades de la producción que ésta funciona más a pesar de sus ideas e indicaciones que debido a ellas.

De hecho, a nivel de innovación tecnológica, hace décadas que la técnica es tan compleja que sus “fantásticas” ideas no son más que caprichos que terminan filtrados y modificados al extremo por equipos de Investigación y Desarrollo públicos y privados, propios y ajenos. Equipos que, después, se ven obligados a mentir a estos capitalistas y sus secuaces para hacerles creer que sus ideas han sido geniales, para que nadie le diga al emperador que está desnudo y el dinero siga corriendo.

Los despilfarros en proyectos absurdos, los retrabajos por una pésima organización de la producción, la incorporación inútil de ciertas tecnologías y el atraso en otras; todas estas son las contribuciones de las grandes mentes a las que hacemos obscenamente ricas.

Hasta el trabajador más resignado y conformista reconoce que, más comúnmente que no, lo mejor para la producción sería que los geniales capitalistas dedicasen su energía intelectual al golf, los paseos en yate y los excesos varios a los que suelen ser aficionados.

¿Cuál es el mayor riesgo que asumen?

Las empresas que logran reunir el capital mínimo para registrarse como Sociedad Limitada o Anónima extinguen todas sus deudas cuando cierran. Ni siquiera se hacen cargo de los impagos a sus antiguos trabajadores, que acaban teniendo que cubrirse con impuestos, mayoritariamente aportados por otros trabajadores, mediante el FOGASA en el caso de España.

Un trabajador que no parta de una posición privilegiada, con todos los gastos que supone la vida cotidiana, puede aspirar como mucho a abrir una pequeña empresa. ¿Entonces, de dónde salió el dinero que ahora arriesgan los capitalistas? No de su propio trabajo, eso desde luego.

Y, en caso de que, efectivamente, sus empresas no funcionen… ¿Cuál es el mayor de sus miedos, exactamente? Ir al paro con el resto de nosotros, a quienes ni siquiera han sabido explotar diligentemente; tener que mezclarse con la chusma como nosotros. Pero por poco tiempo, por supuesto, porque el resto no tenemos sus apellidos, sus contactos ni sus favores pendientes de cobrar.

¿Y qué hay de su capacidad de negociación?

Por supuesto, no se refieren a la capacidad de vender mercancías. Hace tiempo que también delegaron esto en departamentos comerciales y equipos encargados de negociar ofertas, efectuar las compras, etc.

No nos extenderemos aquí sobre el papel de un capitalista promedio en el cierre de acuerdos, pero por lo general se limita a una firma en un papel, un cobro abultado y un ritual de excesos con el otro capitalista. De nuevo, cualquier trabajador que haya prestado atención a estas cuestiones sabe que las celebraciones empresariales van desde el obsceno despilfarro en fiestas de lujo hasta, muy habitualmente, la explotación sexual de prostitutas y el abuso de drogas.

Así que, no, por norma general el nuevo discurso capitalista para convencernos de que los trabajadores solo somos un coste sustituible no parte de su capacidad para lograr la mejor venta, sino de su capacidad para invertir en mercados al alza, es decir, para especular.

Aunque las finanzas son deliberadamente complejas, los trabajadores debemos entender al menos su principio fundamental: la especulación consiste en cobrar anticipadamente en base al supuesto valor futuro de una mercancía, y utilizar ese dinero para realizar más operaciones aquí y ahora con él.

Normalmente, imaginamos el ciclo del capital de la siguiente forma: una serie de ricos ponen capital en una empresa; esta explota a unos trabajadores y utiliza unos materiales, obtiene una mercancía y, cuando ésta se vende, una parte del dinero obtenido del sudor de los trabajadores se reparte entre los inversores y el dueño de la empresa, y otra parte se reinvierte para repetir ese ciclo a un nuevo nivel más elevado.

Ocurre que los más grandes capitalistas actuales son lo que los comunistas llamamos “oligarcas financieros”: no solo son dueños de una empresa, si no que controlan directa o indirectamente ramas de producción enteras y bancos o fondos de inversión, de forma que pueden condicionar o determinar políticas públicas, precios y movimientos de capital, o al menos tienen información para anticiparse a ellas. De esta forma, invertir en ellos, al menos mientras tienen la sartén por el mango, es una apuesta segura.

Sus analistas económicos predicen resultados futuros de sus operaciones productivas y, con ello, puede iniciarse un ciclo de especulación en base a la “fe” que los demás inversores depositen en esas operaciones.

De esta manera, pueden vender mercancías que aún no se han producido, acrecentando mucho sus fondos disponibles para, a su vez, invertirlos en otras actividades a futuros.

Esto permite que se ponga en marcha un mercado financiero que reúne capital de muchas capas, inclusive capas populares; donde el dinero de gente que, normalmente, no estaría en el circuito de movimientos de capital, sí lo está. Es una nueva iteración respecto a lo que fueron en su día los bancos de ahorro e inversión populares o, después, la venta de acciones de Sociedades Anónimas.

En el centro de todo este mercado financiero siguen estando las operaciones más robustas: las grandes cadenas productivas que sustentan y dotan de poder a los oligarcas financieros y sus burgueses directamente dependientes (a menudo unidos por lazos de sangre), quienes pueden emplear esta solidez y el capital excedente que logran mediante la especulación para abrir mercados secundarios pero muy lucrativos, como el de la especulación inmobiliaria.

El ejemplo inmobiliario es un caso sencillo de ver: deciden en qué ciudades debemos concentrarnos para trabajar y vivir; con nuestro trabajo sostienen sus imperios empresariales; con la solidez de esos imperios convencen a ricos y pobres de que les confíen su dinero para hacer negocio; con ese dinero controlan las viviendas más cotizadas y compran a los políticos más corrompibles para inflar los precios; y con sus bancos vuelven a ganar de nuevo prestándonos dinero para acceder a esas viviendas a precio inflado.

Por el camino, por supuesto, la especulación produce nuevos ricos y alimenta la cartera de burgueses para acelerar su transición a ser rentistas.

Pero cuando llega un bache imprevisto en el camino que sacude la cadena productiva, como el desabastecimiento de componentes clave para la producción, la pandemia con el colapso del sistema logístico, o la resistencia a una injerencia imperialista como estamos viendo ahora en la guerra de Irán contra EEUU e Israel, todo el castillo de naipes se viene abajo.

Empieza la reacción en cadena de impagos, la pérdida de confianza de los grandes inversores y, al final de la película, unos pocos ricos se han vuelto más ricos, precisamente porque conservan en sus manos las palancas esenciales de la producción, aquellas sobre las que se especulaba, aquellas que nuestro trabajo hace posibles.

Que los capitalistas viven de la especulación y no de nuestra explotación es el cuento con el que pretenden hacernos creer de nuevo que los oligarcas y otros ricos merecen lo que tienen por su habilidad, y la nana que le cantan a los aspirantes a nuevo rico para convencerles de que les den su dinero a cambio de trepar en el sistema.

De hecho, en España, las principales empresas, de donde salen los oligarcas que controlan las políticas del Estado, son grandes empresas productivas. La debilidad relativa del imperialismo español hace que destaquen empresas que centralizan y controlan desde el final la producción de pequeña mercancía fabricada por empresas formalmente independientes nacionales y extranjeras (el gigante agroindustrial que es Mercadona, Inditex o El Corte Inglés…), bancos que controlan y se lucran de los préstamos a las pequeñas y medianas empresas, que tienen un papel sobredimensionado en la economía española (Banco Santander), y las distintas empresas que se encargan de la infraestructura para poder producir en España, porque todos han de pasar por su ventanilla (energéticas como Repsol o Iberdrola, obra pública y civil como Acciona o Dragados, telecomunicaciones como Telefónica…), junto a otras más típicamente propias del sector industrial como Ford España, Renault – Horse Power Train Solutions, Cemex o Acerinox.4

Los propios oligarcas, por cierto, son conscientes de esta realidad, y hasta fondos de inversión que tienen por bandera la especulación financiera como Black Rock, viejo conocido del movimiento por la vivienda, apuestan muy fuerte por concentrar su capital en el sector productivo como base sólida de su negro imperio, haciéndose con el control de las energéticas en España.5

El proletario es el “explotado definitivo”

Hay muchas formas de estar explotado por el capitalismo. Hay muchos tipos de trabajador asalariado y no asalariado, y todos padecemos el sistema de una u otra forma.

Pero hay un tipo de trabajador asalariado que representa la forma definitiva de explotación. No por su pobreza, al menos no comparativamente a otras capas del pueblo; sino porque representa el mayor grado de eficiencia en la explotación que un capitalista puede conseguir: reducir al trabajador asalariado al rango de proletario significa lograr que sea uno más junto a otros explotados, trabajando coordinadamente más allá de su iniciativa individual, realizando tareas estandarizadas y medibles, siendo fáciles de reemplazar y sin depender de su creatividad o capacidad intelectual.

Su trabajo es fundamentalmente físico. El desgaste mental viene más bien dado de la necesidad de mantener la concentración en tareas repetitivas. Esto implica que la empresa ha alcanzado un grado de organización de la producción y mejora técnica como para que el proceso no dependa del trabajador más que para su propia ejecución material, lo más básico, medible, repetible y fácil de sustituir. El sistema convierte a los proletarios en máquinas que se procuran su propio mantenimiento.

No atesoran conocimientos de difícil acceso, así que son fáciles de reemplazar y su margen de negociación individual de condiciones de trabajo es casi nulo. Su formación es el adiestramiento general de la población y, quizás, algún módulo formativo de pocos años, los mínimos posibles, y siempre tratando de que sean menos, de simplificar todo aspecto que dependa de su creatividad, porque amenaza el control de los burgueses sobre su producción.

Su trabajo está socializado. No pueden reclamar individualmente una mercancía o una parte entera de la producción. El proceso productivo está protocolarizado, repartido y estandarizado al punto de que los productores, los proletarios, quedan enajenados del producto final, y solamente pueden reclamarlo como suyo colectivamente, junto al resto de trabajadores que han participado en su fabricación.

Se les niega cualquier tipo de control sobre su propio trabajo: los procesos, los horarios, qué se produce y cómo se produce; todo eso viene marcado desde arriba. No administran las fuerzas productivas, no toman decisiones relevantes sobre los recursos de la producción, de manera que no pueden alterar el curso de ésta en lo fundamental más que si rompen abiertamente con la disciplina del patrón.

Es decir, el proletario es el explotado definitivo, es el pináculo en la explotación burguesa. Depender principal o únicamente de proletarios para mantener una empresa significa que la producción está estandarizada y automatizada al máximo, y que la mano de obra solo puede alterar el ciclo capitalista normal si decide romper abiertamente y en grandes grupos con la disciplina patronal.

¿Cómo funciona la proletarización?

Muchos otros trabajadores explotados no son proletarios.

La proletarización es el proceso social por el cual miembros de otras capas y clases sociales se ven convertidos en proletarios, ya sea porque su puesto de trabajo desaparece o porque se incorpora a una cadena de producción estandarizada. Este proceso también implica que trabajadores asalariados y capas del pueblo no asalariadas pasan a adoptar formas de trabajo y de vida más similares a las del proletariado.

Algunas de las formas más comunes de la proletarización las explicamos a continuación.

1) Proletarizar los puestos de trabajo intelectual:

Una de las principales formas de proletarización es la de simplificar y estandarizar al máximo todo trabajo intelectual que dependa de un asalariado raso, de manera que pueda acabar cobrando un sueldo similar al de un proletario (o incluso más bajo, aprovechando el menor desgaste físico) y siendo igual de fácil de disciplinar y sustituir. De esta forma,la empresa deja de depender de pequeños grupos de trabajadores con conocimientos de difícil acceso.

Entendido de forma muy mecánica, esta forma de proceso de proletarización es la que convirtió a los antiguos contables e ingenieros que se contaban por decenas en los ejércitos de administrativos y técnicos rasos que se cuentan por miles en las oficinas modernas.

En un extremo de los trabajadores intelectuales no proletarios encontramos trabajadores de cuello blanco que realizan trabajo intelectual pero con condiciones muy similares a las de un proletario, con tareas muy estandarizadas, sin autonomía ni grandes barreras de acceso.

En otro extremo, gestores de proyectos y jefecillos con la función de ser un pequeño-burgués dentro de las empresas, viviendo fundamentalmente de gestionar la explotación ajena.

Y en medio un amplísimo espectro que incluye trabajadores que conservan conocimientos técnicos de difícil acceso para negociar parcialmente sus condiciones, o cierta autonomía en el desempeño de sus funciones constreñida por objetivos y fechas límite, o administran unos pocos recursos o plazos de la empresa pero no se lucran directamente de esta administración…

Aunque la tendencia dominante en el largo plazo es la de proletarizar a los trabajadores intelectuales, esto no significa que, linealmente, el número o proporción de proletarios aumente, ni que el de profesionales más alejados del proletariado disminuya. Ni siquiera que los trabajadores de cuello blanco casi completamente proletarizados sean mayoría numérica.

El capitalismo no se limita a repartir el mismo número de beneficios cada año. El capitalismo expande la producción, el capital se reproduce. Esto significa que la producción, en un momento dado, puede exigir temporalmente el crecimiento de cierto tipo de trabajadores, antes de que las tareas en las que participan puedan estandarizarse lo suficiente. Ocurrió en las primeras cadenas de producción cuando los magnates del automóvil empezaron contratando artesanos como jefes de taller, y ocurre actualmente con el crecimiento de empleos de informática e ingeniería rasos. Este “temporalmente” puede durar décadas.

Por otro lado, los puestos de trabajadores de cuello blanco más proletarizados suelen estar en el punto de mira de los capitalistas para tratar de eliminarlos.

Esto tiene múltiples causas: por mucho que sean trabajos estandarizados, es difícil medir el rendimiento del trabajo intelectual con la facilidad con la que se mide el físico; muchas tareas intelectuales no tienen un impacto directo en la producción, sino que son un coste necesario para ella; y depender de mano de obra precaria para tareas de administración de recursos empresariales o interacción con el cliente es un riesgo a mitigar para cualquier empresa.

Estos puestos de trabajo plantean continuamente la duda de si parte de sus tareas pueden automatizarse parcialmente, o concentrarse en manos de trabajadores imprescindibles, ya sean del mismo nivel o como una tarea secundaria de profesionales de más cualificación y autonomía.

No es casual que la banca, las empresas de telemárketing y otros empleadores masivos de este tipo de trabajadores de cuello blanco emprendan EREs en cuanto una tecnología o una fusión de empresas les permite optimizar recursos.

Pero lo relevante es la resultante final: a medida que se suceden las crisis, las reestructuraciones y los desarrollos tecnológicos, el capitalismo trata de que el trabajo intelectual dependa menos de profesionales caros y con poder de decisión sobre sus negocios.

2) Proletarizar los trabajos manuales itinerantes, esporádicos, artesanales o atomizados:

Aunque el espejismo del mundo financiero lo oculte, en realidad los capitalistas siguen expandiendo su producción y concentrando la propiedad en cada vez en menos manos, y llevan los procesos típicamente industriales a cada vez más sectores a medida que tratan de exprimir más y más su tasa de ganancia descendiente, es decir, a medida que los sectores tradicionales dan signos de saturación y esclerosis por el monopolismo.

Dos casos muy notorios en este sentido son: la centralización de la producción y distribución de la pequeña mercancía; y la concentración de la propiedad en la hostelería.

Del primer caso tenemos ejemplos internacionales como Aliexpress y Amazon, pero también ejemplos nacionales como Mercadona. Mercancías de poco valor cuyos fabricantes, individualmente, no pueden llevar más allá de un ámbito limitado geográficamente, de repente encuentran distribuidores logísticos que no solo permiten, sino que exigen, la fabricación en un volumen mucho mayor, porque la economía de escala permite rentabilizar la inversión mucho más que la pequeña producción.

Además, eventualmente, los oligarcas que controlan la cadena de distribución terminan fabricando o controlando la fabricación de sus marcas blancas para los productos con mejor salida.

Estas compañías han abierto almacenes que trabajan con rigidez militar y creado enormes flotas de camiones y camionetas de reparto, incrementado drásticamente el empleo de flotas navales, aéreas y ferroviarias. Igual que los bancos muy a menudo han terminado por ser oligarcas al frente de sectores con una producción más dispersa por medio del control de la inversión, estas centrales comercializadoras y logísticas terminan por ser dirigidas por oligarcas que controlan la producción de mercancías dirigidas a venta al por menor.

De nuevo, aunque esto crea miles de nuevos proletarios en toda la cadena, también aumenta en general la carga de trabajo del sector, lo cual moviliza a la producción a nuevos pequeños propietarios y autónomos. Estos pequeños propietarios y autónomos compiten con flotas enormes y medianas de transportistas que tienen mejores plazos de entrega y más recursos, así como acceso a materiales más baratos por los mayores volúmenes de compra que realizan. Por lo tanto, no solo se empobrecen, sino que se ven obligados a asociarse en cooperativas, negociar con los almacenes y centrales logísticas y, en definitiva, perder autonomía, acercándose algo más al modo de vida del proletariado.

En cuanto al caso de la hostelería, tres cuartos de lo mismo. Particularmente tras la crisis de 2008, el capital buscó nuevos sectores en los que expandirse. De repente, empezaron a florecer en España las franquicias de alimentación y grandes cadenas con precios fijados y marcas reconocibles, con políticas laborales estandarizadas y plantillas relativamente grandes.

Aunque siguen teniendo dueños individuales, están mucho más vinculadas a grupos empresariales por medio de la marca, el acceso a la materia prima, la carta de productos…Pasan a funcionar como empresas hijas de una matriz empresarial, y sus empleados están más socializados, prestan tareas más estandarizadas y jornadas más amplias, porque el nuevo volumen de negocio permite contratar empleados a tiempo completo.

El desplazamiento de la competencia les permite inflar precios, cosa que a su vez también habilita que nazcan empresas de restauración con plantillas más grandes y estables.

Otra particularidad en este sector que se solía citar hace unos años como caso paradigmático de que el proletariado está desapareciendo son, de hecho, los Riders, que hoy por hoy aparecen como un claro caso de proletarización de lo que solía ser un empleo itinerante para estudiantes y semiproletarios pobres.

Mediante una aplicación informática que centraliza todos los pagos y pedidos, como Uber o Just Eat, se pueden sostener flotas de reparto relativamente estables y masivas.

Evidentemente, estos tipos de trabajo, por su fácil acceso y lo precarios que resultan, siguen haciendo que muchos de sus trabajadores lo sean de forma itinerante o parcial, y muchos estén “de paso” hasta que encuentren un trabajo acorde a su cualificación o completen unos estudios. No obstante, ya cuentan con proletarios especialmente precarios en grandes números y con trabajadores a los que lo único que les separa de ser proletarios plenamente es la baja estandarización y socialización de sus puestos de trabajo, pero que son explotados de forma continuada en uno u otro establecimiento del sector hostelero.

3) Crecimiento de los centros de producción tradicionales:

El imperialismo, al ser capitalismo monopolista, está permanentemente estancado y en crisis estructural. Los grandes monopolios son monstruos productivos poco ágiles y que en muchos sectores acumulan décadas de “sobrecapacidad” (inversión excesiva en maquinaria y líneas automatizadas) que hacen que seguir invirtiendo en ellas dé menos rentabilidad que abrir nuevos mercados, además de que exigen inversiones muy elevadas por los costes materiales involucrados.

La doctrina neoliberal de los capitalistas, en un periodo de inusual “paz” imperialista debido a la supremacía incontestada de EEUU como superpotencia, llevó a que los capitalistas se permitiesen el lujo de deslocalizar gran parte de su producción a lugares donde era más barato, tratando de conservar en las potencias imperialistas el mínimo necesario para la producción, distribución local o las tareas de diseño, control de calidad final y, por supuesto, el grueso de puestos burgueses.

No obstante, las propias contradicciones interimperialistas engendradas por esta situación han convertido de nuevo el mundo en un avispero, entre conflictos regionales con países dominados y guerras comerciales o indirectas con potencias imperialistas aspirantes a más, como China o Rusia. El colapso de las cadenas logísticas globales con la Pandemia de 2020 puso al desnudo la fragilidad de la cadena de aprovisionamiento y producción internacional neoliberal.

Desde entonces, se suceden las relocalizaciones de grandes centros de producción6, el anuncio de apertura de gigafactorías y la expansión de los centros de producción “tradicionales”, que concentran grandes cantidades de proletarios7.

4) Concentración urbana y empobrecimiento de la pequeña burguesía:

Una última forma de proletarización muy común es aquella por la cual los pequeñoburgueses migran a las grandes ciudades, donde terminan por llevar un modo de vida más similar al de un proletario, dado que no tienen ninguna influencia social por su estatus, compiten con muchos otros por una cuota de mercado reducida y viven en los mismos barrios que las otras capas del pueblo.

No solo tenemos que pensar, literalmente, en nuevos comercios que abren en las ciudades. De hecho, como ya hemos comentado, muchos de los comercios que hoy en día abran en las ciudades no van a ser de pequeñoburgueses, sino de burgueses medianos dueños de varios locales y adscritos a una franquicia.

Hay también muchas profesiones pequeñoburguesas independientes, por ejemplo del mundo audiovisual, el arte y el diseño, la salud mental o la preparación física que son mucho más comunes ahora que hace unas décadas. Estas profesiones, por distintos motivos, no han sido absorbidas en forma de trabajadores asalariados no proletarios (o todavía no en grandes números), pero sus ingresos son similares o incluso inferiores a los del promedio de la clase obrera; y para trabajar se han de mudar a ciudades en las que, no solo compartirán los servicios públicos y privados que usan los obreros, también se verán sometidos más habitualmente a reglas y restricciones autoritarias por parte de clientes grandes, caseros y la administración de la ciudad.

La contradicción capital-trabajo sigue siendo la fundamental en el capitalismo

Hasta este punto, nos hemos referido a cómo los capitalistas hacen y deshacen, y cómo los trabajadores somos poco más que esclavos.

Quedarse solo con esta mitad de la imagen puede hacer que caigamos en una visión estereotipada, derrotista y ajena a la clase obrera: el penitente resignado y el todopoderoso amo del mundo.

Pero, como comunistas, sabemos que donde hay opresión, hay resistencia. Y, como trabajadores, vivimos esa resistencia de primera mano.

Esta resistencia toma muchas formas, desde la intransigencia de individuos y pequeños grupos empleados ante los casos de abuso más flagrantes por parte de los jefes, pasando por la continua y muy a menudo tensa tarea de negociación y vigilancia que ejercen los representantes electos de los trabajadores, hasta llegar a las secciones sindicales organizadas, la movilización y, en algunos casos, los movimientos huelguísticos que paralizan regiones enteras.

El movimiento sindical organizado en España se caracteriza por ser el movimiento de resistencia con más extensión.

Alrededor del 15% de trabajadores está afiliado a un sindicato. Esto es así incluso tras las sucesivas y violentas remodelaciones del mercado de trabajo en España desde la crisis de 2008; el despido colectivo o prejubilación de algunos de los trabajadores mejor organizados y la contratación de nuevos trabajadores inexpertos y todavía dando sus primeros pasos para atreverse a luchar; el descrédito merecido de la burocracia sindical y el hecho de que, en España, la negociación colectiva y los derechos laborales funcionan por medio de la representación electa, de manera que afiliarse es, normalmente, una mezcla de muestra de apoyo al sindicato o los representantes en particular y una forma de acceder a sus servicios de asesoría y jurídicos.8

Más aún, en España hay 320.882 delegados electos de los trabajadores9, distribuidos desigualmente por sectores y territorios, normalmente concentrados alrededor de los focos industriales o urbanos y áreas más politizadas.

Estos delegados, con distintos grados de combatividad, llevan a sus espaldas el grueso de la tensión con las empresas, en muchos casos arriesgando sus puestos de trabajo al presentarse en elecciones y convirtiéndose en los enemigos número uno de sus empresarios.

Aunque el número de delegados pasivos es alto (e imposible de estimar hoy en día) y hay numerosos casos de delegados puestos a dedo por las empresas, en la mayoría de situaciones la conflictividad no escala más por una mezcla de falta de dirección política y conocimientos organizativos, y de desconfianza en sus propios compañeros. Esto se ve alimentado por la acción de la burocracia sindical, que exagera la confianza en los procesos jurídicos y carece de habilidad o voluntad para dirigir la lucha, o menosprecia las posibilidades de victoria.

Con todo, los delegados y trabajadores exploran cada año distintas formas de confrontar con sus empresas, desde las denuncias a Inspección de Trabajo y los toques de atención, las concentraciones y movilizaciones, hasta llegar a las huelgas y paros parciales.

Precisamente, respecto a las huelgas, cabe hacer hincapié que el movimiento obrero sigue generándolas por cientos cada año, siendo la única forma aguda de confrontación de masas que se da de forma regular. Desde 2023, año en que vivieron un incremento respecto a años anteriores, las huelgas han rondado entre 500 y 700 al año. Concretamente el año pasado hubo 648; con un total de 329,636 participantes y 709,771 jornadas no trabajadas.10

Analizar las estadísticas sobre huelgas revela una cuestión interesante: el grado de lucha y organización del proletariado industrial es proporcionalmente mucho mayor en comparación con otros sectores de la clase trabajadora. Los obreros de la industria son, junto al profesorado, quienes protagonizan la mayor parte de las huelgas. La particularidad es que, habiendo menos participantes en las huelgas de industria, igualan en jornadas perdidas a los profesores. Los obreros industriales, que tienen un salario base y condiciones laborales significativamente peores que las de los profesores, están dispuestos a asumir una pérdida mayor.

Esto no es casualidad. Los motivos que llevan a los trabajadores a luchar son los mismos hoy que en la época de Marx. Si se concentra a un gran número de personas, día tras día, en el mismo lugar y bajo la misma situación de explotación, y además se pone en sus manos la fuente de las riquezas de los capitalistas, necesariamente van a utilizar esta palanca para organizarse y luchar.

Aunque no es lo más común de forma puramente espontánea, en los polos de concentración de proletarios industriales con alta sindicación las cotas de combatividad de estas huelgas pueden llegar al de auténticas rebeliones urbanas, como en el caso de las últimas huelgas del metal en Cádiz.

La lucha de clases es el motor de la historia

La contradicción entre capitalistas y trabajadores no solo es fundamental porque genere un importante movimiento social, sino por el impacto que tiene en el desarrollo de toda la sociedad.

En mayor o menor medida, todo movimiento de masas relevante moldea la sociedad, no solo por los derechos que arranca temporalmente, sino por cómo la estructura y superestructura capitalistas se adaptan y evolucionan para poder mantener la explotación en las nuevas condiciones. Valga como ejemplo la transformación de la vida familiar, la inclusión de las mujeres en el mercado laboral formal y en la vida pública conquistados, en buena medida, por el movimiento feminista. Difícilmente podrían volver ahora los capitalistas a prescindir de las mujeres en la producción o a sostener sus democracias burguesas sin el voto femenino.

Lo particular del movimiento obrero es que este empuje afecta al corazón de la sociedad capitalista. Si hemos dicho que la sociedad capitalista sigue funcionando debido a la riqueza generada por los trabajadores, y que las condiciones que los capitalistas crean empujan a los trabajadores a luchar día a día, se deduce de forma bastante clara que la lucha de los trabajadores impacta directamente en la base material de la sociedad capitalista.

Incluso en los estadios de conciencia política mínimos, la continua “guerra de guerrillas”, como Marx la llamaba, que llevan a cabo los trabajadores con su lucha económica reta a los capitalistas a evolucionar su forma de administrar las fuerzas productivas para poder seguir explotando en las nuevas condiciones que se generan tras cada oleada de combatividad laboral. De hecho, la proletarización por oleadas de las distintas capas de trabajadores y los intentos, a menudo incluso contraproducentes, de automatizar, fragmentar o deslocalizar secciones de la producción, son en buena medida una respuesta burguesa en el marco de la lucha de clases.

La dirección revolucionaria del movimiento obrero en Europa del Este, particularmente en Rusia, trajo consigo los primeros Estados obreros y la politización y agudización de la lucha obrera en las potencias imperialistas, a lo que, inicialmente, los capitalistas respondieron con represión y favoreciendo el auge del fascismo y el golpismo militar.

La coincidencia del auge fascista con una situación de extrema tensión entre potencias imperialistas hizo que los comunistas pudieran convertir en muchos sentidos la II Guerra Mundial de conflagración interimperialista en guerra antifascista, y de dicha guerra antifascista los capitalistas salieron derrotados, creciendo el campo de países socialistas hasta abarcar 1/3 de los países del mundo, teniendo que ceder conquistas sociales y laborales nunca antes vistas y avanzando enormemente la lucha por la liberación de las semicolonias y colonias.

Esto también promueve una transformación en los Estados imperialistas: el capitalismo monopolista pasa a ser capitalismo monopolista de Estado. Esto se hace necesario, en parte, para financiar las medidas sociales que exigía el movimiento revolucionario, y en parte para reconstruir los monopolios arruinados tras la II Guerra Mundial. De este modo, el Estado pasa a tener un peso fundamental en la administración de los negocios capitalistas y la negociación sindical.

A finales de siglo, los países socialistas y de los movimientos por la liberación nacional son derrotados por la imposición del revisionismo moderno. Mientras, el movimiento obrero en países imperialistas sigue sin romper su marco de lucha fundamentalmente sindical. Esto lleva al cambio de paradigma del neoliberalismo, que permite fragmentar e internacionalizar la cadena de suministro, producción y distribución imperialista, y atacar los derechos de los trabajadores en países imperialistas, testeando los límites soportables de su precariedad, inestabilidad y falta de autonomía en el trabajo. Este proceso se alarga durante años, llegándose a desarrollar ramas enteras de la producción bajo este modelo neoliberal.

Sin embargo, con el tiempo este sistema hace aguas, ya que la fragmentación e internacionalización excesiva de sus cadenas de producción las vuelve vulnerables. Los capitalistas se ven obligados a relocalizar, a traer las empresas de vuelta, pero lo hacen en un contexto en el que los trabajadores son más precarios y potencialmente más explosivos.

En conclusión, lo que observamos es que por mucho que haya altibajos y el proceso de proletarización no sea lineal, los capitalistas no pueden parar de engendrar sus propios enterradores.

Por qué el Movimiento Obrero aparenta estar menos presente

¿Por qué, entonces, pasa tan desapercibido el movimiento obrero? El motivo más inmediato es la dispersión de las luchas sindicales. Mientras el resto de movimientos populares tienden a concentrarse en las ciudades, la mayor parte de los conflictos sindicales se limitan al ámbito empresarial. Por ejemplo, si miramos los datos, los conflictos a nivel sectorial son una minoría hoy por hoy, la mayor parte de las huelgas surgen en un solo centro de trabajo y no se extienden más allá.

Por lo general, el movimiento obrero está menos presente en la vida pública que antes de la crisis de 2008, y mucho menos que antes de la Transición. Se le da menos importancia en los medios de comunicación y en el discurso político en general.

Tenemos que preguntarnos de dónde viene todo esto. Si echamos la vista atrás, la causa más importante del retroceso del movimiento obrero es la progresiva claudicación política de los antiguos comunistas que lo dirigían. En el panorama posterior a la II Guerra Mundial, descrito en el punto anterior, los antiguos partidos comunistas van generando, de una u otra forma, una cultura de derrotismo y resignación que arrastra a sus sindicatos hacia la derecha. Al tiempo que algunas de las plantillas más combativas eran mermadas por el proceso de deslocalización, los comunistas en todos los países imperialistas se iban decantando por posturas reformistas, fruto de la ola revisionista de finales de siglo. Uno de los ejemplos más claros de esto en nuestro país fue la manera en que el PCE desarticuló la lucha por el Estatuto de los Trabajadores, frenando a su propio sindicato, CCOO, que en esa época le pasaba con mucho por la izquierda en términos de combatividad.

Este retroceso se deja ver aún hoy día. Hay muchas plantillas dispuestas a luchar, delegados que quieren plantar cara, pero cuando piden recursos a los sindicatos, estos les ofrecen un discurso derrotista y de desconfianza en la plantilla,… y no cumplen el papel necesario de coordinador. Es difícil que los obreros trasciendan al ámbito sectorial si quienes cuentan con los recursos y la legitimidad para organizar esto están exclusivamente haciendo trabajo de despacho. El aparato de los sindicatos siempre tiende a ser menos combativo que los propios obreros organizados y, sin el contrapunto de un movimiento comunista que los empuje a cumplir su papel, los sindicatos acaban abandonando hasta las funciones de coordinación más básicas.

Este abandono del sindicalismo combativo se sumó al efecto que tuvo el corto periodo de bonanza de los 2000, que azuzó la despolitización del movimiento obrero. En este contexto llegó la crisis de 2008, que golpeó con especial dureza a un movimiento sindical ya de por sí debilitado. La crisis hizo saltar por los aires el modelo ultra especulativo basado en el ladrillo que se había extendido hasta ese momento, y con él todo el entramado productivo que lo sostenía. Los capitalistas aprovechan el shock para reorganizar el mercado laboral, se despidieron a plantillas enteras y el movimiento obrero no fue capaz de reaccionar.

A esto se suma un factor más, y es que las movilizaciones del 15M politizaron principalmente a la juventud. Las nuevas generaciones, que no habían vivido la época de bonanza, ahora veían cómo las expectativas de prosperidad y meritocracia que les habían vendido se esfumaban frente a sus ojos. La mayoría de estos jóvenes ni si quiera se habían incorporado al mercado laboral aún, y se organizaron en masa fuera del movimiento obrero. De ahí que el movimiento obrero estuviera más ausente que otros movimientos populares.

Por último, no podemos ignorar el efecto que ha tenido la derechización de los Estados democráticos. El estancamiento general de la oligarquía financiera ha hecho que, progresivamente, se limiten los derechos democráticos y la participación ciudadana en las instituciones. Históricamente, los primeros en ser excluidos de la política burguesa son los obreros. A la clase obrera no se le da espacio en las tertulias ni en los noticiarios, los trabajadores tenemos que hacer gala de una tenacidad extraordinaria para hacernos ver en el discurso público.

La mayoría de los movimientos sociales agrupan a personas muy politizadas de partida, personas que están dispuestas a sacrificar su tiempo libre para organizarse en la lucha social. La concentración de activistas conscientes y formados políticamente hace que esos movimientos sean mucho más eficientes a la hora de encontrar respuestas, pero a cambio también pone una barrera de entrada bastante alta para acceder a estos movimientos, a pesar de que sus reivindicaciones son inmensamente populares. Esto no ocurre así en el movimiento obrero, que tiende a crecer de manera espontánea y dispersa. En un momento como el actual, con el movimiento comunista debilitado, el movimiento obrero agrupa a gente que no tiene por qué estar demasiado politizada, de ahí que la presencia de los luchadores sociales de este movimiento no estén tan presentes en el discurso político.

Con todo, tampoco hay que ignorar que existe un sesgo de confirmación por parte de los intelectuales. En todos los periodos históricos han existido teorías académicas que pretenden hacer de menos al movimiento obrero. Proudhon ya teorizaba que el movimiento obrero era una distracción fútil y no servía para nada; todo para que, unas décadas después, sus sucesores se cambiaran de chaqueta y pasaran a fetichizar el sindicalismo. Esto ha pasado una y otra vez a lo largo de la historia, es típico que los intelectuales den bandazos, porque se entusiasman con los «atajos» para cambiar el mundo. Nuestro propio partido se compone en buena medida de intelectuales, y no somos ajenos a esto. Es de esperar que aparezca la tendencia a menospreciar el movimiento obrero, y sobrestimemos aquello que nos parece más accesible y podemos controlar más fácilmente. Sin embargo, el curso de acción que lleva a la revolución no es el que sea más fácil o cómodo, sino el que verdaderamente lleve a tal destino. Los «atajos» que se alejan del curso de acción que nos lleva a la revolución resultan no ser ningún atajo, si no caminos sin salida.

El problema del concepto«Centralidad del Trabajo»

En todos los apartados hemos ido demostrando que, para los trabajadores, el trabajo es central en sus vidas. Las sociedades se organizan en torno a la distribución del trabajo. Los capitalistas fundamentan su riqueza en el trabajo, y luego especulan sobre esa ganancia. Tienden a concentrarnos, a socializar las tareas, a empujarnos a luchar. La lucha hace evolucionar a la sociedad.

Objetivamente, si se tiene una visión analítica y amplia, que no hiperfocalice lustros concretos –porque los desarrollos sociales se ven en décadas–, el trabajo es central. Puede que no lo sea para la política burguesa, pero lo es para el socialismo científico. El movimiento obrero está poco presente en la política popular, porque se encuentra disperso y despolitizado, pero sigue siendo la lucha social más extensa y en la que más se sacrifica la gente.

El problema de la teoría de «la pérdida de la centralidad del trabajo» es que es un concepto desclasado, que mezcla conceptos de politología burguesa con conceptos marxistas. Si carecemos de agenda y estrategia propias, ¿en base a qué definimos la centralidad? ¿En base a política burguesa y sus ramificaciones callejeras? ¿En base a lo que sale en la prensa? Nosotros somos marxistas, analizamos la realidad en base a las leyes del desarrollo social, y nuestro criterio para determinar si un movimiento es central o no es su potencial revolucionario.

El Movimiento Obrero sigue siendo el centro de la estrategia revolucionaria comunista

Ya hemos hablado en apartados anteriores de que el grado de politización de los delegados sindicales es relativamente bajo. Aun así, estos delegados y sus compañeros se arriesgan a perder el empleo y a otras muchas represalias en los conflictos colectivos, normalmente para pelear un incremento salarial que, normalmente, es menor a lo que sube el precio del alquiler. ¿Qué es lo que lleva a estos trabajadores, que no son especialmente radicales, a jugarse el puesto e ir a la huelga? ¿Qué es lo que les lleva a organizarse precisamente aquí y no en el movimiento por la vivienda o cualquier otro que también pelee por medidas económicas?

La clave está en que lo importante nunca fueron tanto las reivindicaciones del movimiento obrero como su situación estratégica. El sindicalismo se forja en los centros de trabajo, en el único lugar en que los oprimidos se encuentran directamente frente a sus opresores, concentrados día tras día, durante muchas horas, con las palancas que mueven la sociedad en sus manos.

No hay que olvidar que incluso en su momento más álgido el movimiento de moda sigue estando por detrás del movimiento obrero en números tanto de personas organizadas como participando. El movimiento por la vivienda, a pesar de su justeza y de lo presente que está en el discurso político, no logra penetrar en la clase trabajadora como sí lo hace el movimiento obrero, no logra este grado de extensión y capacidad de organización de personas poco ideologizadas. Y no se trata de que no estén preocupados por la vivienda, sino de que este activismo lo tienen que hacer en su tiempo libre y de que los enemigos están dispersos y son más difíciles de identificar.

Otro mito que se ha extendido mucho es el de que los obreros hacían más sindicalismo antes porque el salario era suficiente para costearse la vida. Para empezar, la especulación de los primeros años del neoliberalismo, si acaso, era mucho más salvaje que ahora. Pero lo esencial es que el hecho de que la opresión gane peso también fuera del trabajo, como con la vivienda, no hace que los obreros peleen menos. Al contrario, si los trabajadores ganan poco y además con ese sueldo no se puede costear el alquiler, esto no hace más que empujar a cada vez más personas a pelear por su salario en el centro de trabajo, donde es más sencillo pelearlo y ganar que en la lucha contra el casero o el fondo de inversión, donde nuestra capacidad de negociación es más limitada11. La proletarización no está dispersando a los trabajadores, los está concentrando. En ningún otro sitio los trabajadores están obligados a verse habitualmente y a compartir la misma situación de opresión. El centro trabajo es el único contexto en el que el trabajador está en superioridad relativa respecto a su explotador.

El enorme impacto del movimiento obrero, incluso en momentos de reflujo, puede atisbarse en las luchas de la siderurgia o la minería, con ejemplos admirables como los Cádiz o Euskal Herria. La posición estratégica que tienen las fuerzas productivas en la base de la sociedad permite organizar a los trabajadores en grandes números durante los primeros estadios de la lucha política. En momentos más álgidos de la lucha esto posibilita que pongamos la producción al servicio de nuestra clase, y en la etapa revolucionaria el proletariado es la base sobre la que se forja el poder socialista.

Es natural que particularmente el proletariado industrial sea muy susceptible de desarrollar los formatos de lucha más avanzados: si se concentra a muchos obreros en un sitio y cada vez que protestan saltan los goznes de toda la sociedad, esto hace que los trabajadores aprendan que la lucha colectiva es la manera de ejercer el poder. Esta es la lucha espontánea en la que más evidente resulta que la lucha de clases es el motor de la historia. Como ejemplo histórico, haríamos bien en recordar que, durante los años de Transición, en España se realizaban más huelgas que en ningún otro sitio del mundo. Este fue, con diferencia, el golpe que más contribuyó a la caída del franquismo.

Ningún comunista debería albergar un atisbo de duda respecto al hecho de que el movimiento obrero es central para la estrategia revolucionaria. Este es el movimiento de masas de los trabajadores, principalmente del proletariado, que luchan partiendo de las relaciones sociales de producción capitalistas, por sus intereses de clase y, en última instancia, por su propia emancipación. La importancia primordial de esto es que, como dijo Marx, “el proletariado no puede liberarse sin hacer añicos, desde los cimientos hasta el remate, todo el edificio de la sociedad”. Este es, por tanto, el principal movimiento de masas para la Revolución Socialista; se gesta en el corazón de la producción, permite desatar luchas de masas con un grado de organización sin parangón, desarrollándose hasta convertirse en escuela de socialismo, dándoles una posición privilegiada para dirigir la revolución, y siendo indudablemente la base sobre la que reorganizar la sociedad después.

La apuesta estratégica de nuestro Partido para organizar al movimiento obrero se encuentra detallada en nuestra Postura Congresual de Movimiento Obrero. Esperamos haber contribuido con este artículo a disipar las falsas concepciones que hoy alejan a los comunistas del movimiento obrero.

REFERENCIAS

3 No es casual que los barrios más ricos implementen las políticas más estrictas de movilidad. Solo aparcan residentes, solo circulan costosos vehículos eléctricos…

11 De hecho,otra de las dificultades a las que se enfrenta el movimiento por la vivienda son los desahucios silenciosos, que se estiman en más de un 90% de los casos, donde los inquilinos abandonan la vivienda antes de tratar de iniciar cualquier tipo de resistencia ante el requisito del propietario de que se vaya o al incrementarle el alquiler.

Otros artículos

Contra el imperialismo y la reacción, recuperemos el Movimiento Obrero para la Revolución

El Imperialismo engendra guerra y miseria. El capitalismo es una enfermedad y se encuentra en fase terminal. Su estancamiento provoca la guerra y opresión hacia...

Llamamiento a los y las comunistas para asumir firmemente nuestras tareas en el movimiento obrero.

Con motivo del 1º de Mayo, día internacional de la clase trabajadora, ante la rápida agudización de la lucha de clases y la debilidad...

El treball continua sent central

Puedes leer la versión en castellano de este artículo en el siguiente enlace: https://revolucion-prt.es/el-trabajo-sigue-siendo-central/ El treball modela les nostres vides Cada dia, milions de persones prenem decisions...