El Imperialismo engendra guerra y miseria.
El capitalismo es una enfermedad y se encuentra en fase terminal. Su estancamiento provoca la guerra y opresión hacia los pueblos y la represión y el fascismo en el interior.
Los grandes burgueses se ven obligados a relocalizar y expandir la producción, las potencias imperialistas compiten entre sí, viéndose acorraladas, buscando reconfigurar de nuevo el reparto del mundo, armándose hasta los dientes.
Para continuar reproduciéndose, el capital se ha despojado del falso rostro humano: la explotación es de cada vez más salvaje y ‘las grandes democracias’ han abandonado los discursos de libertad para virar hacia gobiernos fascistas.
La contradicción capital-trabajo: más actual que nunca.
A pesar de las mentiras de los burgueses sobre que son ellos los que arriesgan o que lo que genera el beneficio son sus fantásticas ideas, la realidad siempre se impone: sin trabajadores, no hay producción. Sin producción, no hay riqueza para los capitalistas.
Cualquier intento de especulación financiera o reestructuración económica choca con esta realidad material: sin fuerza laboral, la producción se detiene. Socialmente, el trabajo sigue siendo el aspecto cardinal sobre el que gira nuestra existencia y la reproducción del sistema capitalista.
El movimiento obrero es la palanca de la Revolución.
No nos equivoquemos. Cuando la clase obrera para, todo se detiene: las mercancías dejan de producirse, deja de distribuirse, cada huelga supone pérdidas millonarias al burgués.
Esto no es casualidad: la clase obrera, en especial la clase obrera industrial, tenemos una posición estratégica en la lucha revolucionaria. Nuestra posición en la producción, nuestra cruenta explotación en los centros de trabajos, nuestra necesidad de luchar colectivamente, nos convierte en los potenciales enterradores del capitalismo. Su sistema se reproduce mediante nuestra explotación, pero somos, a su vez, la piedra en el engranaje.
Sin movimiento obrero no hay Revolución; sin Revolución no hay liberación.
Si queremos convertir el movimiento obrero en un movimiento revolucionario, no podemos regalar la lucha obrera a la burocracia sindical. Es una cuestión estratégica que los y las comunistas recuperemos los sindicatos para la clase obrera.
Las secciones sindicales, especialmente en las fábricas, puertos y centros logísticos, deben convertirse en escuelas de socialismo, desde las que politizar y organizar a la clase obrera para llevarla al frente de la lucha popular. Estos son los sindicatos que, rompiendo el cerco del reformismo serán la palanca de la insurrección para pasar a la ofensiva.
Los derechos y la supervivencia de nuestra clase no pueden depender de las instituciones burguesas, debemos desterrar toda ilusión en sus reformas. Asumamos la tarea histórica de enviar el capitalismo al estercolero de la historia.
