Podemos, Más País y Sumar: Promesas Incumplidas

El fenómeno de Podemos

La crisis financiera mundial de 2008 también supuso el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. El Estado español se vio, como otros muchos países, en una grave situación de crisis económica. Los siguientes años vinieron marcados por las colas del paro, rescates a la banca, deuda pública y una larga lista de recortes sociales agresivos. Como en cualquier crisis capitalista, la clase trabajadora fue la que sufrió la mayor brutalidad: los despidos masivos, los desahucios, el agravamiento del dumping social, la pérdida de capacidad adquisitiva, los servicios públicos aún más deficitarios o el bloqueo de las preferentes bancarias fueron algunos de los fenómenos que coparon titulares y acabaron afectando a un amplio espectro de las clases populares. Incluso sectores de la pequeña y mediana burguesía, que surfeaban la “época de bonanza” del ladrillo, se vieron afectados por esta crisis.

Es en este contexto de crisis y de movilizaciones internacionales fue cuando, en 2011, nació el movimiento 15M. Esta fue la iniciación política de una generación de jóvenes en pleno estallido de indignación y rabia. Miles de ellos ocuparon las calles en un movimiento plural donde empezaron a destacar algunos elementos de capas acomodadas venidas a menos e intelectuales con aspiraciones pequeñoburguesas. Las demandas de este sector apuntaban a soluciones tan superficiales como ilusorias: aumentar la participación ciudadana en la política burguesa, perseguir las manzanas podridas de la corrupción o exigir el cumplimiento de los programas electorales… En esencia, querer reformar lo irreformable y no entender la destrucción del capitalismo como requisito indispensable para el cambio del sistema. Estas posiciones políticas, más allá de su apariencia, acaban por conciliar con los explotadores y calmar la rabia de los oprimidos.

Así, a pesar de vivir unos años de movilización social que mostraron los descosidos del capitalismo y educaron políticamente a muchas personas, haciéndolas conscientes de su capacidad de lucha, las protestas fueron progresivamente siendo ofuscadas y embaucadas por el proyecto reformista. Algunas de las cabezas más destacadas de esta línea pequeñoburguesa empezaron a darle forma a varios proyectos y sus carreras políticas. Es así como en 2014 el grupo político Podemos, con Pablo Iglesias a la cabeza, surgido de las ascuas del 15M, irrumpe con cinco escaños en el Parlamento Europeo, para más tarde, en las generales del 2015, lucirse en el parlamento español. Podemos, alimentado por la indignación del sector progresista, supo aprovechar la mala imagen y baja credibilidad de una izquierda desgastada con un nuevo proyecto que todavía gozaba de un amplio voto de confianza entre una parte de la clase obrera y las capas medias críticas con el sistema.

Los discursos de Podemos estaban caracterizados, en sus primeros pasos, por un tono transgresor y rompedor con el bipartidismo. Tertulias y entrevistas con sus dirigentes hablaban de acabar con la “casta política”, ampliar la democracia ante una crisis de representación, nacionalizaciones de sectores estratégicos o acabar con la impunidad de los bancos. Todo ello fue humo que se desvaneció tan pronto como empezaron a ocupar escaños y gobernar en municipios, topándose con la realidad de la política burguesa. Su discurso cambió paulatinamente de mordedor a moderado.

Podemos no duda en rechazar cualquier análisis de clase medianamente serio, la clase obrera se difumina entre los intencionados términos de “la gente” o “los de abajo”. Éste es un aspecto reseñable cuando algunas de sus cabezas más mediáticas se jactaban de venir de entornos comunistas y ser académicos en ciencias políticas. La academia universitaria, en las ramas de humanidades, genera una capa de intelectuales que simpatizan algunas luchas sociales y teorizan sobre ellas, normalmente sin implicarse lo más mínimo en su práctica social. La crítica de las ideas fundamentales del marxismo por parte del reformismo promueve un revisionismo cada vez más flagrante que pretende reinventar la rueda. Su rechazo manifiesto a “la izquierda del siglo XX” no se trata sólo de un sello de distinción electoral. Claramente su rechazo también es, de facto, a cualquier tipo de proyecto revolucionario.

Unidas Podemos en el gobierno

Es en 2019, con Unidas Podemos (Podemos en coalición con IU, donde se inserta el PCE), cuando el proyecto se centra exclusivamente a las elecciones y se desarraiga de los movimientos sociales, cambiando su comunicación de consigna radical por una más moderada. De esta forma consigue hacerse con varias carteras del gobierno central, pactando con el PSOE como estrategia de supervivencia y tratando a la vez de contentar a una base de simpatizantes cada vez más pequeña. Para entonces, con una serie de disputas internas entre oportunistas y trepas y las experiencias insulsas de los ayuntamientos “del cambio que no produjeron”, la paulatina caída de UP se aceleraba. UP reivindica el clásico hueco del “mal menor” que dejó la socialdemocracia del PSOE a su izquierda.

Pero la caída de Podemos no se trata sólo de una mala estrategia de márketing y un juego de sillones perdedor en el circo electoral. La tendencia a la decepción con los proyectos reformistas radica en la propia naturaleza de éstos. Partimos de una promesa incumplible: la de cambiar el capitalismo a base de pequeños cambios que, además, siempre están en peligro de revertirse. La enésima experiencia histórica de que no podremos acabar con la explotación de nuestra clase sin un proceso revolucionario. ¿Qué futuro va a tener entonces un proyecto que nace desde premisas muertas? Solo uno de desilusión y engaños.

Esta deshonestidad es todavía más evidente cuando comprobamos que ni ocupando ya sus ansiados ministerios de Estado fueron mínimamente capaces de llevar a cabo su programa electoral. ¿Pero acaso deberíamos sorprendernos? En absoluto, se trata de una lección que la historia ya nos ha dado muchas veces.

« Hoy, el Poder público [el Gobierno del Estado] viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa » Marx y Engels, Manifiesto Comunista.

El gobierno representa los intereses de la oligarquía financiera y es, por tanto, el gestor de la miseria de la clase trabajadora. Las diferencias políticas entre los partidos burgueses, por muy grandes que puedan parecer, nunca son un problema para ponerse de acuerdo cuando se trata de rescatar al sistema. Unidas Podemos aceptó, simple y llanamente, la tarea de garantizar la agenda de los monopolios.

Si hacemos un breve repaso a los puestos ministeriales que adquirió UP no sólo observamos lo bajo que es el techo del reformismo, sino cómo una formación política que hablaba de acabar con la “casta política” pasó inmediatamente a ser un representante más de la clase explotadora, dijera lo que dijera en sus mítines:

  • Pablo Iglesias (Podemos), desde el Ministerio de Derechos sociales, aceptó desde el inicio un puesto con unas competencias muy limitadas. Se aprobaron “escudos sociales” que pronto demostraron ser completemanete inefectivos, siendo el más famoso de ellos el real decreto aprobado, junto con el ministro Escrivá, del Ingreso Mínimo Vital. El problema es que estos ajustes legislativos no atacan al origen de la tendencia estructural al alza de la pobreza en nuestro país y en todo el resto del mundo. La realidad es que, con IMV o sin él, es que ahora mismo ni siquiera tener un trabajo nos garantiza un salario con el que poder vivir dignamente.
  • Alberto Garzón (IU-PCE), como Ministro de Consumo, ocupó un sillón poco más que simbólico. La regulación de las casas de apuestas, su medida estrella preelectoral, fue irrisoria. Garzón, como el final de un chiste, contempló, tras retirarse del primer plano político, su entrada por la puerta giratoria en el lobby Acento. La reacción social le hizo dar un paso atrás a través de un comunicado escrito entre pataletas que describe bien la lógica del reformista.
  • El Ministerio de Igualdad fue liderado por Irene Montero (Podemos), cuyas medidas apenas han servido para paliar los efectos devastadores de la violencia de género. Una tónica común del reformismo es aprobar leyes que no pueden llevarse a la práctica: un brindis al sol. Sobre este tema hemos profundizado en artículos anteriores, analizando cada ley y el por qué de su ineficacia.
  • El Ministerio Universidades fue para Manuel Castells, a propuesta dels Comuns de Ada Colau. El mandato de Castells continuó la tendencia de eliminar las partes no rentables de las universidades públicas. Algunas de las lindeces que nos dejó un ministro vendido como “progresista” fueron el amago de consolidar el 3+2 o la LCU (ley mordaza Universitaria). Castells ha negado de manera recalcitrante que Bolonia supusiera la mercantilización de la universidad pública. Su fetiche al modelo estadounidense es parte de su marca: “Sería aconsejable aumentar el precio de las matrículas para que la parte más importante del presupuesto de las universidades dependa de la aportación de sus alumnos y se vean obligadas a competir para atraer estudiantes”.
  • Finalmente, sobre Yolanda Díaz (IU-PCE), Ministra de Trabajo y actual líder de SUMAR, se podrían mencionar una gran cantidad de trampas que han posibilitado los ataques de la patronal. La farsa de derogar la reforma laboral, recortes al derecho de las bajas, conversión estructural de los ERTEs, el terrorismo patronal campando a sus anchas o el menosprecio a las protestas legítimas de trabajadores son algunos de los más destacados. También podemos encontrar zancadillas más sutiles, como la de utilizar los cambios legislativos para barrer bajo la alfombra problemas que antes eran más fáciles de detectar (los abusos con los nuevos periodos de prueba o los fijos-discontinuos tienen mejor cobertura que los viejos contratos temporales). Yolanda Díaz, codeándose con empresarios y altas esferas de la burocracia sindical, es una representante plena de los intereses de la burguesía. También este tema lo explicamos más a fondo en otros artículos.

Mientras la lista de promesas incumplidas y medidas cosméticas aumenta, el gobierno “más progresista de la historia” sigue ejecutando las leyes reaccionarias que implantaron los gobiernos predecesores, demostrando que, después de todo, no ha cambiado nada.

El reformismo no da más de sí. UP alcanza rápidamente su techo negociando algunas medidas favorables, sobre todo, para las capas medias y repartiendo migajas al pueblo: migajas crónicamente insuficientes, reversibles y a las espaldas de las demandas populares. Por otro lado, es asombrosa (nótese la ironía) la amnesia aguda que les hace olvidar que ostentan responsabilidades estatales y, aun así, querer estar “en misa y repicando” reclamando, como si de un indignado manifestante se tratara, cambios en sus propias competencias. La disociación profunda a lo Dr. Jekyll y Mr. Hyde del reformismo genera situaciones tan bochornosas cómo una Ministra de Trabajo rogando el cumplimiento de los derechos laborales; o al propio Pablo Iglesias anunciando a bombo y platillo el fin de los desahucios a personas vulnerables mientras decenas de miles de lanzamientos anuales se ejecutaban a manos del Estado que gobernaba.

Unidas Podemos nunca tuvo la fuerza suficiente para llevar materialmente a cabo los cambios más sustanciales de su programa. Y mucho menos como para que resultara una amenaza que desestabilizara al Estado capitalista. La realidad es que el reformismo cumple la función social de apaciguar a las masas, una domesticación útil con la que acallar la indignación del pueblo y canalizar el potencial de lucha por derroteros sin salida, en otras palabras, le puede ser útil y conveniente al estado de las cosas. Podemos pasó de un fenómeno de masas a un partido sin mayor proyección que la institucional, aplicando además una agenda desmovilizadora en los movimientos sociales en los que participan. Es así como el reformismo engarza con el proyecto político de los capitalistas.

Por otro lado, nadie niega que los grandes medios de comunicación han atacado deliberadamente a Podemos y especialmente a Pablo Iglesias. No debe extrañarnos, también existen contradicciones en el seno de la burguesía, y aunque el reformismo tenga su lugar en la política burguesa, puede ser eventualmente atacado como método de contención, desprestigio o estrategia electoral. La burguesía no es un ente homogéneo y puede tener distintas posturas en conflictos localizados.

Sin embargo, ni Pablo Iglesias ni ningún reformista se convierte en revolucionario por el hecho de ser un enemigo mediático. Esto solo muestra el poder de la burguesía para difamar a elementos políticos medianamente molestos con todos sus altavoces, creando así un estado de opinión, llegando a utilizar métodos fraudulentos o al Estado profundo, como ocurrió con el informe PISA. Ni si siquiera hace falta que sean grandes desestabilizadores o amenazas para denostarlos, sólo reformistas que nunca nos salvarán de la miseria, ¿qué no harán contra movimientos que sí planten cara al Estado?

Más País y Sumar, proyectos carroñeros

Los reformistas más “honestos” con sus proyectos y, por tanto, más molestos para el sistema, acaban siendo depurados o desterrados a la insignificancia política. En cambio, los cínicos y trepas que quedan acaban por sostenerse a base de maniobras burocráticas y manipulación de sus bases. De este modo son premiados en tanto más se alineen con la manera burguesa de hacer política, ya sea en un proyecto o en otro. Podemos no se libró de estas dinámicas del circo electoral.

En todo este contexto de caída de Podemos y luchas personalistas protagonizadas por trepas, siempre hay algunos que prefieren saltar del barco para salvarse o para impulsarse más. Más País, bajo el liderazgo del ahora infame Íñigo Errejón, se presenta en 2019 como un proyecto “pragmático” y de “política útil”. La traducción de esto fue crear un partido que habilitara sin demasiadas objeciones la agenda del PSOE pactando con él: «Hoy lo más revolucionario en España es la responsabilidad», decía Errejón ante los bloqueos y abstenciones. Y así, con esos eufemismos, renuncian a la pretensión de presentar cualquier tipo de oposición crítica al gobierno. La difusión y la benevolencia mediática que recibió Más País no es casual: con la movilización social ya domesticada y en reflujo, la agenda burguesa requiere una oposición reformista aún más moderada que Unidas Podemos.

Sumar (con IU y el PCE) nace como continuación política del cadáver de Podemos, con Yolanda Díaz a la cabeza e incluyendo dentro de su coalición para las generales del 2023 a Más País, entre otras agrupaciones. Ambos partidos nacen a partir de los restos de Podemos siendo más débiles, más deshonestos, más tímidos y menos habilidosos que su predecesor, haciendo de palanca amable a la socialdemocracia.

Mientras que Yolanda sigue siendo a día de hoy Vicepresidenta y Ministra de Trabajo al servicio del capital, la carrera política de Íñigo Errejón parece haber tocado un merecido fondo debido a diversas acusaciones de agresión sexual. Algo especialmente grave en una formación que abandera la causa feminista. Aparentemente, dentro de la formación eran conocedores de las prácticas de Errejón y contó con el abrigo del silencio cómplice por no perjudicar la imagen de la formación.

El chantaje del miedo a la derecha

Finalmente, la irrupción de partidos de extrema derecha en el parlamento dio reformismo una de sus últimas bazas electorales. La maniobra consiste en hacernos creer que solo ellos, mediante la representación institucional, pueden frenar a la extrema derecha y las tendencias fascistas al alza. Seamos claros, la historia ya nos ha demostrado que a la derecha solo la frenan las masas. Estos partidos solo podrían “frenar a la derecha” si fueran capaces de movilizar y organizar a las masas, algo totalmente inviable cuando su tendencia ha sido precisamente a desligarse de ellas. Los reformistas, especialmente cuando llegan al poder, no van a poner más que palos en la rueda en la lucha contra la derecha: reprimen, desmovilizan, dividen y crean confusión entre los movimientos populares.

Los comunistas debemos desenmascarar el chantaje del voto del miedo. Ya conocemos muchos ejemplos, antiguos y recientes, de gobiernos “progresistas” que no hicieron otra cosa que apuntalar los cimientos del Estado burgués e imperialista que es España: la entrada en la OTAN, los GAL, la reforma laboral de Zapatero, la presente aplicación de la Ley Mordaza o los infiltrados en movimientos sociales. Ya no se trata de esperar a la enésima alternativa electoral honesta y bondadosa. No hay alternativa bajo el capitalismo: de una manera u otra el Estado debe asegurar el control y la represión para sostenerse, y ni el parlamento ni las instituciones van a interponerse nunca en los planes del capital.

Así opera el reformismo

Tras el auge y caída de Podemos, Más País y Sumar ya es hora de desterrar para siempre las ilusiones de los proyectos reformistas. Debemos desenmascarar el chantaje del voto del miedo y el mal menor.

Ya conocemos muchos ejemplos, antiguos y recientes, de gobiernos “progresistas” que no hicieron otra cosa que apuntalar los cimientos del Estado burgués e imperialista que es España: la entrada en la OTAN, los GAL, la reforma laboral de Zapatero, la presente aplicación de la Ley Mordaza o los infiltrados en movimientos sociales. Ya no se trata de esperar a la enésima alternativa electoral honesta y bondadosa. No hay alternativa bajo el capitalismo: de una manera u otra el Estado debe asegurar el control y la represión para sostenerse, y ni el parlamento ni las instituciones van a interponerse nunca en los planes del capital.

El reformismo es embaucador y juega un papel reaccionario en contra del movimiento revolucionario, pues convence a las masas de que no tienen que confiar en sus propias fuerzas, en que basta con delegar el poder en políticos honestos. Mienten sobre la naturaleza del Estado capitalista y afirman que este es neutral, que puede “conquistarse” para la gente. Por eso decimos que este tipo de proyectos tienen un efecto desmovilizador: aparecen en movimientos sociales especialmente cuando aún no ocupan cargos de representación, enalteciendo su proyecto personalista como la única forma viable de transformación, promueven un estilo de militancia política complaciente y antidemocrática, y apartan a activistas de la lucha social para colocarlos en el terreno baldío de las instituciones estatales.

Una vez siendo gestores del capital, sus aspiraciones reformistas son cada vez menores, vendiendo cambios ridículos como victorias aplastantes: retornar a leyes anteriores, vender como medidas progresistas requisitos de la UE o, para colmo, apropiarse de derechos sociales conquistados por movimientos sociales. Mientras gestionan la miseria aprenden del resto del circo parlamentario y, cuando son señalados, pasan la pelota a otros niveles burocráticos, como los autonómicos. Estas tácticas de distracción también las utilizan jugando con doble careta: piden a sindicatos y manifestantes que confíen en el gobierno progresista mientras envían a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para reprimirlos, o pintan cualquier crítica a su gestión como un complot de la extrema derecha.

La alternativa contra la barbarie del capital pasa por derrocar el capitalismo, reconstituir el Partido Comunista y elevar la conciencia y lucha de las masas, pues son ellas las que hacen las historia. ¡Basta ya de reformistas embaucadores!

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