Las recientes declaraciones y maniobras de Estados Unidos en torno a Groenlandia no dejan lugar a dudas: el imperialismo norteamericano vuelve a mostrar su verdadero rostro como potencia depredadora y agresiva. No se trata de “seguridad”, ni de “estabilidad internacional”, ni de la protección de nadie, sino de pura rapiña. Una rapiña orientada a asegurarse una posición privilegiada en el futuro comercio del Ártico y a reforzar su despliegue militar frente a Rusia y China. Groenlandia es tratada así como un botín, una pieza estratégica más en el tablero de la rapiña global, y no como una tierra habitada por un pueblo sometido históricamente a la dominación colonial.
Estados Unidos es ya de facto la principal potencia militar en Groenlandia y, de producirse una tentativa formal de anexión, se situaría en una posición defensiva sobre un territorio inmenso y mayoritariamente deshabitado, donde cualquier respuesta europea resultaría limitada y costosa. Esta realidad deja al descubierto la hipocresía del discurso atlantista y las tensiones abiertas en el seno de la OTAN. Incapaz de imponer sin resistencias el aumento inmediato del gasto militar hasta el 5 % del PIB, Estados Unidos recurre a la presión directa y al chantaje estratégico, sobre sus aliados, trasladando la confrontación imperialista al corazón mismo del bloque occidental.
Pero tampoco la Unión Europea merece indulgencia alguna. La UE es una alianza imperialista liderada por las oligarquías financieras alemana y francesa, secundadas por Italia, España y potencias de segundo orden. Su función es disciplinar a los países europeos más débiles, convertidos en semicolonias integradas y proyectar una fuerza económica y política unificada en el mercado mundial para competir con otras potencias. Bajo su máscara tecnocrática y pretendidamente civilizada, la Unión Europea participa plenamente en la dominación de los pueblos y en la preparación de nuevas guerras. Los intereses del proletariado europeo son frontalmente antagónicos a los de esta construcción imperialista.
De hecho, la respuesta europea, con Dinamarca a la cabeza, no es menos reaccionaria. El adelanto de maniobras militares, las demostraciones de fuerza y la retórica belicista no expresan una defensa de los pueblos, sino el intento de preservar posiciones propias dentro del reparto imperialista. Estas dinámicas alimentan la escalada interimperialista y profundizan las fricciones entre Estados Unidos y Europa, al tiempo que aceleran la militarización del Ártico y ponen en cuestión la estabilidad de la principal alianza imperialista a nivel mundial.
Groenlandia es una colonia habitada mayoritariamente por población inuit, integrada forzosamente en el Estado danés y utilizada como enclave estratégico y económico. Pretender arrastrar al proletariado y al pueblo danés a una guerra para “defender” una colonia constituye una obscenidad política. Ninguna vida obrera, ni estadounidense, ni danesa, ni europea, debe ser sacrificada por los beneficios de uno u otro bloque opresor. La experiencia histórica es clara. Que un país gane la carrera imperialista no se traduce en bienestar ni en libertad para su población. Estados Unidos y China, hoy las principales potencias, son ejemplos palmarios de desigualdad extrema, explotación sistemática y represión política. La liberación de las clases trabajadoras es una lucha internacional: la liberación de los pueblos oprimidos por el imperialismo es parte de la liberación de los pueblos de los Estados imperialistas.
Al pueblo groenlandés le corresponde aprovechar las fisuras abiertas entre las potencias para arrancar mayores cuotas de control sobre su territorio y su vida, sin convertirse en peón del imperialismo norteamericano ni en escudo de los intereses europeos. Somos conscientes de que Groenlandia es una isla inmensa y estratégicamente codiciada, donde la soberanía plena resulta hoy extremadamente limitada. Precisamente por ello, el sometimiento directo al dominio político y militar de Estados Unidos supondría un salto cualitativo en la dominación colonial.
No todas las guerras son iguales. En los conflictos justos, como las guerras de liberación nacional, los pueblos se levantan contra la opresión y las potencias imperialistas siempre buscan imponer sus propios intereses, lo que exige un análisis concreto para aprovechar sus divisiones en beneficio del campo popular y del proletariado revolucionario. La disputa en torno a Groenlandia, en cambio, se sitúa claramente en el terreno de las guerras injustas, una confrontación interimperialista de rapiña en la que ningún bando representa los intereses de los pueblos. Por eso nuestra consigna debe ser guerra a la guerra interimperialista, entendida hoy no como una consigna abstracta, sino como una orientación práctica que se expresa en la lucha contra el esfuerzo bélico, la propaganda patriótica y cualquier intento de arrastrar a los pueblos a alinearse con uno u otro bloque opresor, mediante la organización, la formación política y la movilización de masas.
Frente a la militarización del Ártico, frente a la rapiña imperialista y frente a la guerra entre opresores, llamamos a los pueblos y al proletariado a no tomar partido por ningún bloque imperialista. Nuestra trinchera está en la lucha internacionalista contra la guerra, el imperialismo y el sistema capitalista que los engendra.
