Aprender del pasado para transformar el presente

60 años del lanzamiento de la Gran Revolución Cultural Proletaria

Este 16 de Mayo se cumplen 60 años del lanzamiento de la Gran Revolución Cultural Proletaria. Este acontecimiento de vital importancia fue una revolución lanzada por un sector del Partido Comunista de China contra la inminente amenaza de la restauración capitalista, consiguiendo frenarla durante 10 años.

Esto no se trata de una simple efeméride, sino que va mucho más allá. La Revolución Cultural es una de las aportaciones clave del Marxismo-Leninismo-Maoísmo, que responde al desarrollo de la lucha de clases dentro del socialismo. La Revolución Cultural afianzó y reforzó el socialismo y la dictadura del proletariado en un momento en el que los logros de la Revolución China amenazaban con quedar sepultados por la restauración capitalista.

Para difundir esta contribución, poco conocida en el Movimiento Comunista de España, adjuntamos un fragmento de nuestro análisis del Frente Unido, que próximamente publicaremos íntegro.

La relevancia de la Gran Revolución Cultural Proletaria

No podemos comprender la Revolución Cultural sin comprender otro de los aportes fundamentales del Marxismo-Leninismo-Maoísmo: cómo la lucha de clases continúa en el socialismo.

En este contexto, el maoísmo profundiza en esta cuestión y explicita que en el seno del Partido existe una lucha de líneas entre la ideología burguesa y la proletaria, tal y como ocurre en toda la sociedad. La Revolución Cultural de 1966 se lanzó en un momento en que esta lucha de líneas se concretaba en una victoria de línea burguesa, que apostaba por la restauración capitalista.

Pero la Revolución Cultural no es meramente una respuesta reactiva a la línea burguesa. No se concibió como una campaña particular, sino como un nuevo tipo de revolución que deberá desarrollarse en reiteradas ocasiones en el seno de los países socialistas: la Revolución Cultural es la continuación de la revolución socialista en el contexto de la dictadura del proletariado.

En particular, la Revolución Cultural es un nuevo periodo de lucha aguda y abierta en la revolución continua del capitalismo al comunismo. La diferencia es que, a diferencia de en la toma del poder, ahora es el Partido Comunista el que ostenta el poder político. En este sentido, la Revolución Cultural es el resultado de la aplicación de forma aún más completa de la línea de masas, de la comprensión de que “son las masas las que hacen la Historia”, que el Partido no puede sustituir a la clase obrera, sino que es la mejor herramienta de la clase para alcanzar su propia emancipación, para lo que “el Partido debe fortalecerse depurándose”.

Por ello, la Revolución Cultural es la movilización revolucionaria de las masas contra los elementos burgueses del propio Partido, que ostentan el poder en distinto grado. También se movilizan contra todas aquellas instituciones burocratizadas y esclerotizadas, es decir, instituciones supuestamente proletarias que estaban enquistadas en viejas prácticas y políticas derivadas de una posición política aburguesada, que no estaban funcionando como instituciones al servicio de la construcción del socialismo, al servicio del poder obrero. Resumiendo, la Revolución Cultural fue una Revolución dentro de la Revolución. Una etapa histórica de aguda y abierta lucha de clases en el seno del periodo revolucionario del capitalismo al comunismo.

Este movimiento revolucionario no sólo se dedicó a impugnar, criticar o movilizarse contra la línea de la Restauración Capitalista, sino que además avanzó decididamente en la construcción del socialismo. Dicho en otras palabras, fue una revolucionarización total de todos los aspectos de la sociedad.

La Revolución Cultural es la tarea histórica que permite consolidar y profundizar en la Dictadura del Proletariado contra el revisionismo, el burocratismo y la amenaza de la restauración capitalista. Fue en la Revolución Cultural donde se instauró la idea de dictadura omnímoda, es decir, que el proletariado participa y dirige todas las manifestaciones de la vida política, cultural y económica.

Como aspecto cardinal, la economía se puso al servicio de la política, una línea opuesta al revisionismo jrushevita (y posterior) de “la teoría de las fuerzas productivas”, que afirmaba que el desarrollo técnico era suficiente para consolidar y profundizar en el socialismo. Poner la economía al servicio de la política significaba entender que el objetivo principal es revolucionar las relaciones de producción. El objetivo era que de esas nuevas relaciones sociales surgieran también nuevas fuerzas productivas, ya no moldeadas por la competencia, la división jerárquica del trabajo o la separación entre dirigentes y dirigidos, sino por las necesidades de una sociedad en transición al comunismo. Un ejemplo de esto fueron los cambios en el ámbito industrial: se promovió la rotación de tareas y la participación de los obreros en la gestión de las fábricas, reduciendo la distancia entre trabajadores manuales y técnicos.

En el ejercicio del poder, la Revolución Cultural intentó romper con una dinámica donde el socialismo quedaba reducido a administración y planificación técnica separada de las masas. La manera de hacerlo fue volver a movilizar a las masas y permitir que se reorganizaran políticamente, recuperando el papel del Partido como un organizador real de masas. El cambio no debía producirse mediante decretos administrativos desde arriba, sino mediante creación de opinión pública, debate político, crítica y movilización de masas.

En este contexto, era clave que las organizaciones de masas pasaran a formar parte de los órganos de poder junto con cuadros del partido y sectores del ejército, gestionando entre los tres la nueva administración surgida de la Revolución Cultural. Este avance se consolidó con la triple alianza de las masas, los cuadros revolucionarios y el ejército, que participaron en la gestión del poder estatal.

Finalmente, todos estos avances políticos también se vieron reflejados en la cultura y la educación, que son los aspectos que más se han popularizado entre las masas. De ahí surgieron grandes reformas como la democratización de la educación y el intento de acortar la separación entre trabajo manual e intelectual. A nivel cultural, se promovió la crítica a todos aquellos aspectos culturales heredados no sólo del capitalismo, sino del feudalismo.

A continuación, compartimos un fragmento del documento aprobado en la II Conferencia, febrero de 2026, donde se realiza un análisis histórico de la Revolución Cultural (1966-76).

La Revolución Cultural (1966-1976). Fragmento del Documento Frente Unido: Tercera herramienta de la Revolución Proletaria, escrito por el Partido Revolucionario de los Trabajadores.

La Revolución Cultural (1966-1976)

La Revolución Cultural fue iniciada en 1966 por Mao como forma de combatir la restauración del capitalismo en China. A medida que la década de los 60 avanzada, Mao era cada vez más consciente de que que la consolidación de la vía socialista encontraba cada vez mayores obstáculos en el seno del propio Partido, donde determinados sectores, vinculados a una lógica administrativa y de desarrollo todavía influida por concepciones burguesas, no estaban preparados para que la revolución socialista desplegara todo su potencial transformador. Estas resistencias no eran simplemente fruto de individuos o generaciones específicas, sino expresión de contradicciones inherentes al proceso de construcción socialista. Sin embargo, estas contradicciones se manifestaban con especial fuerza en los niveles de dirección, donde encontraron su personificación más clara en el entonces presidente de China, Liu Shaoqi, cuyo liderazgo había influido decisivamente la orientación del Partido durante los años anteriores.

Frente a estas trabas, Mao propuso desatar todo el potencial creativo de las masas, como mecanismo para romper con la inercia burocrática, combatir a los seguidores del camino capitalista y profundizar en la comprensión de la dictadura del proletariado. Es decir, no se trataba simplemente de una campaña de rectificación, sino de una nueva revolución cuyo objetivo era erradicar la formación de una nueva clase burguesa dentro del Partido, con la conciencia de que en el futuro deberían desarrollarse nuevas revoluciones culturales para evitar la restauración capitalista.

El punto de partida de la Revolución Cultural radicaba en la convicción de que la movilización radical tenía un enorme potencial transformador, aun cuando en ocasiones diera lugar a excesos. Mientras estos desbordamientos no comprometieran de forma decisiva los objetivos centrales o cayeran demasiado en desviaciones derechistas o izquierdistas, se entendía que podían convertirse en experiencias valiosas de las cuales las masas podían aprender en el propio curso de la lucha. De esta manera, durante el desarrollo de la Revolución Cultural se buscó un equilibrio entre, por un lado, la apertura a la crítica de masas y la depuración de elementos capitalistas en el partido, y por otro lado, la necesidad de la dirección partidaria y de evitar un faccionalismo descontrolado, todo ello marcado por oleadas de radicalización y fases de reorganización, en el que se fueron gestando nuevas formas de poder, nuevas configuraciones del Frente Unido y una reestructuración profunda de la relación entre el Partido y las masas.

En definitiva, la Revolución Cultural fue el momento más elevado de la Revolución China, con mayor concienciación, organización y movilización de las masas, enfocados a la profundización de la dictadura del proletariado y de la revolución continua. Fue un proceso de 10 años, de los cuales los 3 primeros se conocen como los de “destrucción del viejo mundo”, y los 7 restantes de “construcción del nuevo mundo”. La historiografía y propaganda burguesa han puesto su foco de forma unilateral en los primeros años para describir el proceso como simplemente “un periodo tormentoso” y “un caos político”. Es nuestro deber como marxistas-leninistas-maoístas investigar y difundir los aprendizajes de la Revolución Cultural en su profundidad y amplitud. Por ello, nuestro partido tiene pendiente una mayor investigación de este periodo, que vaya más allá de las páginas que se desarrollan a continuación.

8.1. Inicio de la revolución cultural (1965-1966)

El estallido inicial de la Revolución Cultural partió del terreno artístico e intelectual. En 1965, el crítico literario y político Yao Wenyuan publicó una crítica fulminante a la obra La destitución de Hai Rui, escrita por Wu Han, vicealcalde de Pekín e historiador, que había sido miembro del Comité Central de la Liga Democrática China hasta su paso a la militancia comunista en los años 50. Aunque se trataba de un drama histórico ambientado en la dinastía Ming, fue leído como una alegoría política que defendía la rehabilitación de cuadros destituidos y cuestionaba indirectamente la línea política de Mao. La polémica rápidamente se extendió al caso de “La villa de tres familias”, que era el conjunto de ensayos y columnas publicados por Deng Tuo (Secretario del Comité Municipal de Pekín), Liao Mosha (Director del Departamento de Trabajo del Frente Unido) y el propio Wu Han. Para Mao las ideas y la línea política promovida en dichos textos eran una clara expresión de la promoción de la vía capitalista dentro del Partido, encarnada en un sector intelectual y de cuadros de Pekín que defendía políticas conservadoras.

En respuesta, Mao encargó al Grupo de los Cinco Hombres -un grupo creado en 1965 para supervisar las campañas culturales, encabezado por Peng Zhen- que iniciase la crítica contra dichas publicaciones burguesas, con el objetivo de que la ofensiva trascendiera el terreno artístico y se transformara en una lucha política abierta. Sin embargo, el Grupo de los Cinco Hombres, que se encontraba dominado por cuadros veteranos, acabó elaborando un borrador que limitaba la crítica estrictamente a la esfera cultural, evitando cualquier confrontación directa dentro del Partido y protegiendo a Wu Han. Al constatar que el Grupo de los Cinco bloqueaba el impulso radical que se quería promover, Mao decidió disolverlo y reemplazarlo en 1966 por el Grupo Central de la Revolución Cultural (GCRC), que pronto asumió un papel dirigente en el desarrollo de la revolución, y al que se fueron incorporando miembros como Chen Boda, Jiang Qing, Kang Sheng, Yao Wenyuan, Zhang Chunqiao, Wang Li y Xie Fuzhi.

Ese mismo año, el Comité Central publicó la Directiva de los 16 Puntos, un punto de inflexión que señalaba que Mao había recuperado la legitimidad necesaria dentro del Comité Central para imponer sus orientaciones y encaminar al Partido hacia la ofensiva revolucionaria, y en el que que se establecía los lineamientos básicos de la Revolución Cultural: dar protagonismo a las masas, impulsar la crítica a los cuadros dirigentes seguidores del camino capitalista, y abrir un proceso de transformación ideológica en todos los ámbitos de la sociedad. La directiva sentaba el principio de que las masas podían y debían criticar a los dirigentes, pero al mismo tiempo recordaba que esta movilización debía ser guiada para mantener la dirección proletaria1.

El contraste entre Mao y algunos cuadros veteranos se agudizó en la llamada Contracorriente de Febrero” de 1967, cuando dirigentes militares como Chen Yi, Tan Zhenlin y otros expresaron abiertamente su rechazo a la expansión de la Revolución Cultural, mostrándose reacios a que se impulsase una rebelión desde las propias masas, lo cual evidenció nuevamente el conservadurismo y burocratismo presente entre altos cargos del partido y la necesidad de pasar a la ofensiva. De esta manera, se procedió a denunciar algunos de los principales departamentos del PCCh, como el Departamento de Organización, acusado de proteger a Peng Zhen; el de Propaganda, o el de Frente Unido, por pasividad frente a las necesidades revolucionarias; y la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (CCPPC) quedó prácticamente en suspenso, situación que no se revertiría hasta después de la restauración capitalista.

Fue en este contexto que Mao alentó el surgimiento de los Guardias Rojos, que eran agrupaciones estudiantiles que se habían lanzado a atacar la enseñanza tradicional y los viejos símbolos sociales. Un episodio clave en su desarrollo fue la controversia surgida en torno a los equipos de trabajo enviados por Liu Shaoqi y Deng Xiaoping a las universidades en el verano de 1966. Estos equipos pretendían “guiar” a los estudiantes, pero en la práctica sofocaban la iniciativa de las masas y desviaban las críticas hacia objetivos secundarios, protegiendo a la cúpula del Partido. Mao denunció esta orientación como una forma de frenar la Revolución Cultural desde arriba, y en consecuencia los equipos de trabajo fueron retirados, abriendo el camino para que los Guardias Rojos se convirtieran en fuerzas autónomas de rebelión contra las autoridades establecidas. De esta manera, durante el “Agosto Rojo” de 1966 en Pekín los Guardias Rojos marcharon contra elementos derechistas, personas vinculadas al Kuomintang y representantes de la pequeña burguesía. Se renombraron calles, instituciones y establecimientos, eliminando signos feudales y burgueses. La cultura cotidiana fue trastocada, y tener “signos de clase” vinculados a orígenes pequeño-burgueses o aristocráticos se convirtió en motivo de humillación pública; el historial militante de los cuadros políticos y militares se sometió a escrutinio, y las actitudes proletarias y revolucionarias eran glorificadas.

No obstante, entre los propios Guardias Rojos y organizaciones de masas también surgieron facciones en disputa, con líderes en discordia que reflejaban diferencias en la orientación política y en la manera de tejer alianzas locales. Mao acompañó este proceso con orientaciones precisas, como cuando lanzó la consigna de “¡Bombardear el cuartel general!”, con el objetivo de indicar que una de las tareas principales debía ser combatir a Liu Shaoqi, a quien se señalaba como el máximo representante del camino capitalista dentro del Partido (la caída de Liu se confirmaría finalmente en 1969, tras su expulsión del Partido y su muerte bajo arresto). Es decir, aunque las masas eran llamadas a rebelarse contra las estructuras establecidas y a desatar toda su creatividad y resolución, incluso si ello conllevaba un cierto grado de caos y desorden, Mao y el Grupo de la Revolución Cultural también eran conscientes de que el Partido tenía la responsabilidad de escuchar y sintetizar las aspiraciones de las masas, agitar entre las bases, y articular cuáles debían ser los golpes principales, orientando la lucha y canalizándola hacia la depuración de la línea capitalista en el poder.

8.2. Desarrollo de la Revolución Cultural

La Revolución Cultural continuó tomando nuevas formas con cada nueva oleada radical. Tras la fase de las tomas del poder de 1966-1967, en el que escuelas, fábricas, oficinas y gobiernos locales se paralizaron mientras los rebeldes y los funcionarios leales al viejo aparato se enfrentaban violentamente por el control, surgieron experiencias más avanzadas de organización política. En enero de 1967, ese impulso cristalizó en la Comuna Popular de Shanghái, inspirada en la Comuna de París. Esta experiencia proclamaba la abolición de las viejas instituciones estatales y su reemplazo por el poder directo de las masas rebeldes y de cuadros radicales como Zhang Chunqiao.

Sin embargo, Mao señaló que, aunque la iniciativa de las masas era profundamente positiva, la forma de la “Comuna” era demasiado avanzada para las condiciones existentes. Carecía de una base sólida (había surgido en medio de duras disputas entre facciones revolucionarias) y, sin el apoyo estable del Ejército, su viabilidad era limitada y su aparato para reprimir contrarrevolucionarios resultaba insuficiente. De hecho, la Comuna de Shanghái había triunfado gracias a la intervención del Partido, que había mediado entre facciones enfrentadas, y su modelo no resultaba fácilmente exportable al conjunto del país, por lo que quedaría básicamente aislada.

En la medida en que la revolución se desarrollaba bajo la dictadura del proletariado, el hecho de que ciertos órganos de poder hubiesen sido usurpados por seguidores del camino capitalista requería que la estructura estatal fuese rectificada pero no abolida inmediatamente. Además, Mao subrayó que la dirección revolucionaria no podía prescindir de cuadros con experiencia, pues los jóvenes rebeldes aún necesitaban años de aprendizaje y formación práctica. En este sentido, la consigna maximalista de dudar de todo y derribar todo” fue criticada como reaccionaria, y se defendió la necesidad de combinar viejos y nuevos cuadros con el apoyo del Ejército. De esa orientación surgió la fórmula de los Comités Revolucionarios, basados en la alianza tripartita de masas, cuadros y Ejército. Estos comités comenzaron en Shanghái y se extendieron rápidamente a todo el país. Al integrar al Ejército y a sectores del Partido, daban una base más estable al poder de las masas, con el objetivo de evitar tanto el burocratismo anterior como los riesgos de espontaneísmo y anarquismo, así como de actividad fraccional.

Sin embargo, en medio de la efervescencia revolucionaria también se produjeron excesos violentos, muchas veces impulsados por facciones de Guardias Rojos y organizaciones de masas. Frente a esto, Mao y el Partido promovieron la consigna de atacar con la razón, defenderse con la fuerza”, que llamaba a resolver los conflictos principalmente mediante el debate político y la crítica ideológica, recurriendo a la fuerza solo de manera defensiva, si bien en la práctica estas directrices fueron a menudo desoídas. Esta orientación estaba ligada a la distinción entre contradicciones en el seno del pueblo (de carácter no antagónico y resolubles con educación y persuasión) y las contradicciones con el enemigo de clase, que sí eran antagónicas. En cualquier caso, en la medida que la Revolución Cultural también fue un proceso de redefinición de las alianzas sociales, en que la rapidez de los acontecimientos dificultaba algunas tareas propias del trabajo de Frente Unido -como la identificación de las fuerzas aliadas y de las enemigas-, lo cuál podía generar confusión sobre dónde dirigir el filo de la lucha y el manejo de las contradicciones. En cualquier caso, conforme los nuevos órganos de poder se consolidaban, las organizaciones de masas y los Guardias Rojos fueron gradualmente integrados en estructuras superiores, participando en los Comités Revolucionarios o en campañas de reeducación y trabajo productivo.

Entre 1966 y 1968, la Revolución Cultural alcanzó su punto más intenso, con diversas campañas que abarcaron todos los ámbitos de la sociedad, desde la cultura hasta la producción y la vida cotidiana. Entre las más relevantes se encuentra la campaña contra los “Cuatro Viejos” (1966-1976): viejas ideas, viejas costumbres, viejas tradiciones y viejas formas de cultura. Con ella se buscaba erradicar los restos del pasado feudal y burgués que aún impregnaban la vida cotidiana, sustituyéndolos por nuevas cosas socialistas”. Esta ofensiva cultural tenía como objetivo no solo depurar instituciones, sino también transformar las formas de vida, generando una nueva subjetividad y conciencia revolucionaria. Las calles, plazas y establecimientos fueron rebautizados con nombres revolucionarios; se cuestionaron rituales y costumbres sociales tradicionales y prácticas religiosas; llegándose a destruir algunos templos y reliquias que eran vistos como expresión de la cultura feudal.

En este mismo marco, Mao impulsó a partir de 1968 la campaña de “subir a las montañas y bajar a los pueblos” que llevó a millones de jóvenes urbanos -particularmente provenientes de los Guardias Rojos- a las zonas rurales para ser reeducados por los campesinos pobres y medios-bajos. Este desplazamiento cumplía múltiples funciones: reforzar la alianza entre obreros y campesinos, estrechar el vínculo entre ciudad y campo, y transformar la conciencia de la juventud, alejándola de los hábitos pequeño-burgueses y acercándola a las condiciones reales de la producción y la vida rural. De esta manera, la campaña sirvió como una escuela práctica de socialismo y una vía para superar la mentalidad pequeño-burguesa de la juventud urbana.

Otro de los ejes principales fue la lucha contra los enemigos de clase con el objetivo de arrancar de raíz las bases sociales del camino capitalista, clasificados en cinco categorías negras”: terratenientes, campesinos ricos, contrarrevolucionarios, elementos malos y derechistas. Estos sectores fueron señalados como enemigos de clase, identificados como representantes de las viejas relaciones de explotación y opresión, y señalados públicamente. La Campaña de Rectificación de las Filas de Clase (1968–1969), promovida desde los nuevos Comités Revolucionarios, penetró en fábricas, escuelas, oficinas, barrios y comunas rurales, movilizando equipos de propaganda para llevar a cabo investigaciones, sesiones de autocrítica, reeducación, y en muchos casos detenciones o sanciones políticas, con el fin de detectar, etiquetar y neutralizar cualquier vestigio de “seguidores del camino capitalista”, incluyendo “agentes del KMT”, “traidores” o “restos de derechistas no desenmascarados”. Mientras que los líderes rebeldes integrados en los Comités Revolucionarios impulsaron en ocasiones campañas “anti-restauracionistas” dirigidas a impedir el resurgimiento de viejas jerarquías y prácticas burocráticas, en muchos otros casos fueron los cuadros militares quienes definieron qué sectores debían considerarse “enemigos de clase” como pretexto para imponer su autoridad y castigar a los grupos más radicales. Por tanto, el proceso no estuvo ausente de contradicciones, ya que se buscaba mantener órganos de poder estables que evitaran el aislamiento del ejército y contuvieran los excesos del ultraizquierdismo, sin que el control militar terminara por sobrepasar sus propias funciones.

En paralelo, Mao insistió en que la Revolución Cultural debía servir también como fuerza impulsora del desarrollo económico. La consigna de “aferrar la revolución, promover la producción” expresaba que la lucha ideológica no se oponía a la producción socialista, sino que era su motor. Contraponer revolución y producción era considerado un error, ya proviniera de posiciones derechistas que querían sofocar la movilización bajo el pretexto de “producir más”, o de posturas ultraizquierdistas que descuidaban las tareas económicas en nombre de la agitación política. Mao subrayaba que el trabajo ideológico y político era la garantía de los avances técnicos y económicos, y que solo manteniendo la lucha de clases como eje, criticando el revisionismo y resolviendo constantemente la cuestión de la línea podía desarrollarse una producción verdaderamente socialista, más rápida, mejor y de manera más económica.

En el campo, las reformas impulsadas por Mao promovieron una redistribución más equitativa de recursos estatales, mejorando el acceso de los campesinos a la educación, la salud y la industrialización local. Uno de los ejemplos más destacados que se tomó como modelo durante la Revolución Cultural fue la aldea de Dazhai, en la provincia de Shanxi, convertida en un símbolo de autosuficiencia, trabajo colectivo y espíritu revolucionario. Se impulsó la creación de pequeñas industrias rurales que aprovecharon la mano de obra y los recursos locales, contribuyendo al desarrollo de comunidades más autosuficientes y reduciendo parcialmente el desempleo. Del mismo modo, el programa de médicos descalzos y la descentralización sanitaria acercaron los servicios médicos a millones de campesinos. En educación, se ampliaron de manera significativa las matrículas en las zonas agrícolas, se eliminaron las tasas escolares y los exámenes de ingreso, y se dio prioridad a los jóvenes de origen campesino, obreros y soldados, democratizando el acceso a la enseñanza y vinculando la educación con el trabajo productivo.

En el ámbito industrial, la Revolución Cultural buscó romper con la rigidez burocrática y acercar la producción al pueblo. Se intentó reducir la distancia entre los trabajadores manuales y los técnicos o administradores, promoviendo la rotación de tareas y la participación de los obreros en la gestión de las fábricas. Algunas experiencias piloto, como las del modelo de la fábrica de Daqing en la industria petrolera, exaltaban la disciplina, la autosuficiencia y la combinación de trabajo físico y aprendizaje político. También se impulsó la descentralización industrial, promoviendo la creación de talleres y pequeñas fábricas locales vinculadas a las comunas rurales. Estas medidas buscaban equilibrar el desarrollo entre ciudad y campo, reducir la dependencia de los grandes centros urbanos e incorporar a más trabajadores al proceso productivo.

Estas experiencias también se tradujeron en una renovación importante de cuadros de cara al IX Congreso del Partido (1969), en el que más de dos tercios del Comité Central fueron renovados, con la entrada de una generación más joven y consolidando parcialmente los logros iniciales de la Revolución Cultural. Al mismo tiempo, Mao insistió en que la Revolución Cultural no debía quedarse en un momento puntual, sino que debía avanzar mediante oleadas sucesivas de ofensiva política. De allí surgieron nuevas campañas como el Un Golpe, Tres Antis” (1970), destinado a golpear a los enemigos de clase en el interior del Partido y combatir la corrupción, el despilfarro y el burocratismo.

8.3. Caída de Lin Biao y ascenso de la derecha (1967-1976)

Durante la Revolución Cultural, el papel del Ejército Popular de Liberación (EP L) también fue crucial. Teóricamente debía sostener cierto orden frente a la actividad caótica de las masas, pero al mismo tiempo apoyar a las fuerzas revolucionarias contra los derechistas enquistados en el Partido. De hecho, Mao había proclamado que el EPL debía apoyar a la izquierda”, pero en ocasiones el faccionalismo que dividía a las diversas organizaciones de masas y de guardias rojos hacía difícil su puesta en práctica.

El Incidente de Wuhan (julio de 1967) mostró claramente esta tensión, cuando organizaciones rebeldes revolucionarias se enfrentaron con facciones conservadoras que contaban con el apoyo de unidades del Ejército local. Los choques derivaron en un enfrentamiento armado, donde incluso enviados de Pekín, como Wang Li, fueron atacados por militares reaccionarios. Ante la gravedad de la situación, Mao se desplazó personalmente a Wuhan junto a Jiang Qing y otros miembros del Grupo Central de la Revolución Cultural. Su presencia reafirmó con contundencia la orientación de que el Ejército debía “apoyar a la izquierda” y ponerse al servicio de las masas revolucionarias, no de los conservadores. Con la ayuda de unidades fieles del Ejército, se logró restablecer el control en la ciudad y liberar a los dirigentes revolucionarios que habían sido arrestados. El incidente demostró, sin embargo, que la lealtad de algunos comandantes regionales no podía darse por supuesta.

Y es que, a pesar de que la dirección del EPL bajo el Mariscal Lin Biao se mantenía firme en apoyo a Mao, muchos mandos intermedios mostraban reticencias a respaldar plenamente a los sectores más radicales de la izquierda. Esto generó choques entre el Ejército y los Guardias Rojos en varias provincias, llegando a producirse enfrentamientos armados en fábricas y barrios obreros. Para Mao la Revolución Cultural no podía convertirse en una guerra civil generalizada entre facciones, y era consciente de que la tendencia a “derribar todo” de las facciones más ultraizquierdistas debilitaba en la práctica al ala izquierda del partido y daba la razón a los sectores derechistas que buscaban caricaturizar la Revolución Cultural. Por ello, después de Wuhan, Mao buscó recomponer el equilibrio, reforzando la autoridad central del Partido y del Comité Militar y manteniendo al EPL como garante del orden revolucionario, pero también salvaguardando que existiese un espacio para la lucha de masas, sin que ésta rompiera con la disciplina necesaria. De esta manera, se consolidó la idea de que el Ejército debía jugar un papel estabilizador apoyando a los revolucionarios, frenando a los derechistas, pero sin romper con la unidad del Partido, ni permitir que las disputas locales o regionales se transformaran en rupturas irreparables.

Tras Wuhan, Lin Biao emergió aún más como figura central dentro de la dirección militar de la Revolución Cultural. Ya desde el inicio de la Revolución Cultural se le había reconocido como un comandante que ponía en práctica la línea política de Mao (impulsando el proyecto del Libro Rojo, promoviendo campañas ideológicas, y siendo un punto de referencia para muchos cuadros militares que apoyaban la rectificación en el ejército), y bajo su influencia, el EPL se convirtió en un motor ideológico y cultural de la Revolución, con un notable aumento de cuadros militares en el Comité Central en el IX Congreso. No obstante, si bien en discursos oficiales se enfatizaba la igualdad política entre oficiales y soldados, y se criticaba los privilegios de rango, no hubo una eliminación total de distinciones, ya que Lin Biao y la camarilla que se fue formando a su alrededor continuaron manteniendo ciertos beneficios y prácticas especiales para cuadros o familias de cuadros, que siguieron siendo motivo de crítica2..

Además, Lin Biao promovía la llamada “teoría del genio”, según la cual el liderazgo de Mao debía considerarse una expresión de sabiduría excepcional que exigía obediencia absoluta. Esta concepción justificaba el culto personal y reforzaba una estructura jerárquica rígida dentro del Partido. Al amparo de esta idea, Lin alentó el exceso del culto a Mao y buscó consolidar su posición como sucesor. Mao criticó públicamente estos excesos de adulación artificiosa en la Segunda Sesión Plenaria del IX Comité Central del Partido en 1970, advirtiendo que la idolatría sin sentido podía desviar el movimiento. Ante esta situación Lin comenzó a impacientarse y llegó a conspirar para asesinar a Mao. No obstante, sus planes fueron descubiertos y, al percatarse de que su intento de golpe había sido detectado, trató de escapar, falleciendo en un accidente aéreo en Mongolia en 1971 mientras intentaba huir a la Unión Soviética.

La caída de Lin abrió una nueva etapa en la que el ala derecha del Partido aprovechó la situación para impulsar una campaña contra el “ultraizquierdismo”, debilitando a sectores radicales y fortaleciendo la legitimidad de una orientación más moderada. Por su parte, el ala izquierda -que en ocasiones se había aliado tácticamente con Lin para aislar a la derecha- se encontraba ahora a la defensiva y reducida en influencia, y buscó que en la medida de lo posible que los errores y excesos de Lin Biao no sirvieran como pretexto para desviar la lucha de clases de su papel central en la política del Partido.

En este contexto, la figura de Zhou Enlai, más centrista empezó a adquirir mayor protagonismo. Desde el inicio de la Revolución Cultural Zhou venía desempeñando un papel como mediador e intermediario entre las masas y el Partido, inclinándose hacia soluciones técnicas y moderadas y asegurando que la producción no se viera afectada, siempre sin mostrarse oficialmente opuesto a la Revolución Cultural. A raíz del caso Lin Biao, Mao había perdido a su posible sucesor y la imagen de la Revolución Cultural había quedado afectada. En este contexto, Mao supo aprovechar, en momentos decisivos, el prestigio y la capacidad de mediación de Zhou para legitimar decisiones que requerían equilibrio, evitar faccionalismos y asegurar el apoyo de sectores del ejército y del Partido que ahora resultaba más difícil movilizar. Sin embargo, estas medidas comenzaron a impacientar a la izquierda del Partido, en particular Jiang Qing, Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen, que empezaron a actuar de manera más autónoma e improvisada.

En política exterior, Zhou Enlai marcó un giro hacia la normalización de relaciones con Estados Unidos, incluyendo la visita de Nixon a Pekín en 1972 y el Comunicado de Shanghái. Mao consideró que este enfoque podía tener validez táctica, comparando la situación con el Tratado de Brest-Litovsk o con la relación de confrontación y negociación que se había mantenido en el pasado con Chiang Kai-shek3. El riesgo de un conflicto abierto con Estados Unidos era relativamente bajo, mientras que la tensión en la frontera con la URSS y entre el bloque soviético y Europa facilitaba el normalizar relaciones con occidente y equilibrar la dinámica internacional.

En este contexto, Zhou Enlai también comenzó a impulsar una política más activa de reorganización de los mecanismos del Frente Unido, que habían quedado prácticamente suspendidos desde 1966. A partir de noviembre de 1970, algunos de los líderes de los partidos democráticos como la Liga Democrática China o la Asociación de Promoción de la Democracia fueron convocados en Pekín bajo la supervisión del ejército, que todavía controlaba lo que quedaba del trabajo del Frente Unido, y en 1971, tras la caída de Lin Biao, Zhou se reunió personalmente con varios de sus dirigentes para discutir la situación política y reorganizar ciertos canales de coordinación. Poco después, en 1972, la supervisión militar directa se levantó y se estableció una oficina de trabajo conjunta con los partidos democráticos y la Federación China de Industria y Comercio, aunque sin proyección pública oficial. Zhou también permitió la reaparición simbólica de algunos miembros de los partidos democráticos en actos oficiales (como las conmemoraciones de Sun Yat-sen en 1972 y 1973), se retomaron las discusiones con algunos de sus dirigentes en preparación de la IV Asamblea Popular Nacional, y se reanudaron los intercambios con las comunidades chinas en el extranjero y con Taiwán.

Todos estas dinámicas generaron que durante la aplicación del Cuarto Plan Quinquenal (1971–1975) las contradicciones dentro del partido se acentuasen. Sobre el papel, el plan satisfacía muchas de las aspiraciones de la izquierda, ya que combinaba modernización con participación activa de obreros y campesinos, e insistía en que el desarrollo económico debía avanzar en consonancia con la lucha ideológica. Sin embargo, el ala derecha se había ido fortaleciendo paulatinamente, y utilizaba los éxitos técnicos para apuntalar su visión de estabilidad y orden frente a la movilización continua. Mao, reconociendo la utilidad de la figura Zhou para mantener la unidad del Partido lo protegió de ataques directos, pero también era consciente de que su centrismo podía avivar las ambiciones de la derecha del partido. Por ello, durante las últimas fases de la campaña Crítica a Lin Biao y a Confucio”, inicialmente lanzada como consecuencia de la caída de Lin, Mao permitió que Jiang Qing, Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen modificasen el foco de la campaña hacia una crítica indirecta al pragmatismo y oportunismo de Zhou.

La campaña utilizó una analogía histórica entre las luchas de clases en la antigua China (la transición del sistema esclavista al feudal) y las contradicciones del socialismo contemporáneo. Mao y sus seguidores destacaron figuras como Shang Yang y Qin Shi Huang como símbolos del progreso histórico, en contraste con Confucio, quien representaba el conservadurismo y la defensa del orden antiguo. Confucio se convirtió en el blanco simbólico de la campaña, denunciándose su doctrina de la “benevolencia” como una ideología hipócrita que encubría la sumisión de las masas y la preservación de los privilegios. Mao comparó esta actitud con la línea de Lin Biao, quien promovía el culto al genio y la obediencia jerárquica. De manera similar, el Duque de Zhou, figura reverenciada en la tradición confuciana como modelo de lealtad y orden, fue utilizado por la izquierda como símbolo alegórico de Zhou Enlai, representando la tendencia burocrática y conservadora dentro del Partido.

En el X Congreso Nacional del Partido (1973) se volvió a evidenciar claramente la tensión entre las distintas corrientes del Partido. La derecha, liderada por Deng (restituido ese mismo año tras una autocritica) asumió un papel más prominente en la dirección del Partido, orientado hacia la modernización económica pragmática que pretendía suavizar la movilización revolucionaria y restaurar elementos burgueses. Por su parte, la izquierda, encabezada por Jiang Qing, Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen, defendía la continuación de la lucha ideológica. En su discurso inaugural, Wang Hongwen -joven dirigente obrero de Shanghái y uno de los cuadros ascendentes impulsados por la Revolución Cultural- resaltó la eliminación de los “dos cuarteles generales burgueses”, encabezados por Liu Shaoqi y Lin Biao, subrayando la importancia de mantener un espíritu revolucionario que se atreviera a ir contracorriente y de formar jóvenes líderes comprometidos con la Revolución Cultural. Según esta perspectiva, el futuro del país debía estar en manos de la juventud, y la lucha constante y la revolución continua debían seguir marcando la vida política de China4.

En la Primera Sesión de la IV Asamblea Popular Nacional (1975), Zhou Enlai defendió nuevamente la cuestión de las Cuatro Modernizaciones (agricultura, industria, defensa nacional, ciencia y tecnología) como objetivo central de la nueva etapa, y llamó a la construcción de un “Frente Unido Revolucionario” que integrara de nuevo a todas las fuerzas patrióticas para la unificación política del país. Su planteamiento, aunque formulado en lenguaje revolucionario, buscaba desplazar el centro de gravedad de la revolución hacia la gestión y la eficiencia, en detrimento de la transformación profunda de las relaciones de producción y del poder político5.

Por su parte, Deng elaboró un documento programático, el llamado Programa General, que priorizaba el desarrollo de las fuerzas productivas y la eficiencia técnica frente a la movilización política y la participación de las masas. Este Programa reinterpretaba tres instrucciones previas de Mao (sobre economía, estabilidad y teoría de la dictadura del proletariado), combinándolas en un esquema que pretendía ser la guía de los próximos veinticinco años. Tres documentos centrales sobre planificación industrial, gestión y ciencia y tecnología concretaron este viraje ideológico, al que la izquierda posteriormente denominó “las tres hierbas venenosas”, defendiendo la autonomía de los expertos y la restauración de privilegios profesionales.

En este contexto, la lucha entre los seguidores del ala izquierda y del ala derecha se había intensificado, con ataques mutuos y comportamientos cada vez más cercanos a los de camarillas dentro del Partido. Inicialmente Mao intentó promover cierta unidad partidaria, subrayando la máxima de ‘practicar el marxismo y no el revisionismo; unir y no dividir; ser abiertos y transparentes, no intrigantes’, y aconsejó evitar camarillas o «bandas» que actuasen como facciones, al tiempo que advertía sobre los peligros del dogmatismo del que se acusaba a la izquierda (exceso de teoría desconectada de la práctica) y el empirismo del que se acusaba la derecha (basarse solo en experiencias parciales, sin aplicar los principios del marxismo-leninismo), destacando que ambos eran formas de revisionismo y que la corrección de los errores debía lograrse mediante educación política y unidad, sin precipitarse ni perseguir a los compañeros que se equivocaban, fomentando así la estabilidad, la disciplina y la cohesión del Partido6.

No obstante, en los últimos años de la Revolución Cultural, esta intensificación de la lucha de líneas en el partido también avivó el debate sobre la dictadura del proletariado y el “derecho burgués” (entendido en los términos en que lo utilizaron Marx y Lenin, como los derechos económicos que surgen de la propiedad privada y de la distribución desigual de productos bajo la fase inferior del socialismo). La izquierda sostenía que la lucha de clases debía seguir siendo el eje central de la política del Partido, alertando que la persistencia de derechos económicos como el acceso desigual a productos, salarios y privilegios, proporcionaba el terreno material para la aparición de nuevos elementos burgueses, que podrían transformarse en fuerzas revisionistas o restauracionistas si no se controlaban (como había ocurrido en la URSS tras la muerte de Stalin). En artículos como «Acerca de la dictadura omnímoda sobre la burguesía» (Zhang Chunqiao, 1975) se argumentaba que estos derechos económicos debían restringirse cuidadosamente bajo la dictadura del proletariado para evitar la acumulación desigual de riqueza y la emergencia de nuevas élites.

En contraste, la derecha, liderada por Deng Xiaoping, proponía «tomar las tres directrices como eje principal”. Estas directrices -estudiar la teoría de la dictadura del proletariado y prevenir el revisionismo; mantener estabilidad y unidad; y promover la economía nacional- debían tener igual peso y servir como guía de acción en todos los campos. En la práctica esto se tradujo en que Deng utilizase su nueva posición para impulsar una política de rectificación general, promoviendo la optimización burocrática y dando primacía al desarrollo de las fuerzas productivas, además de iniciar una revisión de los veredictos de la Revolución Cultural, corrigiendo sentencias y rehabilitando a muchos de los cuadros purgados, y evitando valorar públicamente la Revolución Cultural. Alarmado por el giro derechista, Mao lanzó una campaña contra Deng en noviembre de 1975, conocida como «Contraatacar la tendencia derechista a revocar veredictos justos», con el objetivo de frenar la restauración capitalista y reafirmar la centralidad de la lucha de clases, y en esencia, hacer entender al partido que la Revolución Cultural había sido y debía seguir siendo una herramienta central para garantizarlo.

En una compilación de directrices emitidas entre octubre de 1975 y enero de 1976 y enviadas al Comité Central, Mao realizó diversas observaciones sobre el significado de la Revolución Cultural. Señaló que la movilización de las masas debía ser la fuerza motriz de la construcción socialista, pero siempre guiada por el Partido y combinada con la experiencia de los cuadros veteranos y la energía de los jóvenes, formando “combinaciones tres-en-uno” de liderazgo de viejos, medios y jóvenes. Mao enfatizó que todos, incluidos los cuadros antiguos y la propia dirección, debían remoldear su mundo burgués interno y aprender de la experiencia de las masas. Advirtió también sobre la derecha interna, personificada en Deng Xiaoping, que promovía la estabilidad y la rehabilitación de elementos burgueses como estrategia para consolidar intereses capitalistas, ignorando la lucha de clases y el papel activo de trabajadores y estudiantes en la revolución. Para Mao, la ofensiva proletaria debía combinar la movilización masiva con la dirección política correcta, la crítica y autocrítica dentro del Partido, y la educación de todos los sectores, entendiendo que la lucha de clases bajo el socialismo es permanente, con el fin de consolidar la dictadura del proletariado, prevenir el revisionismo y profundizar de manera sostenida y consciente la construcción socialista7.

Tras la muerte de Zhou Enlai en enero de 1976, los intentos de reconfigurar el Frente Unido se interrumpieron momentáneamente, aunque la derecha aprovechó el vacío y la ola de duelo popular para consolidar su influencia, elogiando la figura de Zhou y avivando el antagonismo con la izquierda mientras buscaba apoyo dentro del Partido y el Ejército. Como resultado de estas tensiones y de la percepción de que Deng estaba avanzando demasiado rápido en su agenda, fue destituido de todos sus cargos el 7 de abril de 1976.

No obstante, el margen de maniobra de la izquierda había quedado sustancialmente reducido, y con la muerte de Mao en septiembre de 1976, Hua Guofeng asumió el poder y ordenó el arresto Jiang Qing, Zhang Chunqiao, Yao Wenyuan y Wang Hongwen etiquetándoles como la «Banda de los Cuatro», marcando el fin oficial de la Revolución Cultural. Durante el juicio que siguió, se utilizaron frases parciales de Mao y cualquier mínima crítica registrada como evidencia para etiquetarlos como responsables de los excesos de la Revolución Cultural, distorsionando así el contexto y la intencionalidad de sus acciones.

El 1977 Hua Guofeng intentó reactivar las estructuras de consulta política convocando nuevamente la Asamblea Nacional Popular y la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, restaurando formalmente los partidos aliados bajo la consigna de un “Frente Unido Revolucionario” para la modernización socialista. No obstante, fue Deng Xiaoping quien finalmente consolidó el rumbo burgués del partido tras el Tercer Pleno del XI Comité Central (1978), relegando la lucha de clases, priorizando el desarrollo capitalista y reinterpretando el principio de “buscar la verdad en los hechos” para justificar un enfoque tecnócrata. La Resolución sobre Ciertos Problemas de la Historia del Partido (1981) selló esta nueva orientación, repudiando los avances de la Revolución Cultural y promoviendo un Frente Unido renovado, orientado a integrar intelectuales, técnicos y sectores no partidarios en torno al objetivo común de la «modernización nacional» y la «estabilidad política». Dicha resolución reivindicó textos clásicos de Mao como Sobre la Nueva Democracia y Sobre el Gobierno de Coalición, reinterpretándolos oportunistamente para subrayar la necesidad de unir las capacidades políticas con las profesionales y destacar el papel de los intelectuales en la revolución y la construcción socialista. Con el objetivo de evidenciar el cambio de política, los dirigentes del PCCh mantuvieron durante tres días discusiones sobre la resolución con representantes de los partidos democráticos y figuras no pertenecientes al Partido. Estas medidas no solo sentaron la base teórica y política del nuevo Frente Unido, sino que también marcaron un punto clave en la consolidación de la restauración capitalista, al reintroducir gradualmente elementos favorables a sectores burgueses y profesionales bajo la apariencia de una modernización controlada por el Partido.

En conclusión, la Revolución Cultural supuso una redefinición de la política de alianzas del Partido. La suspensión de los mecanismos tradicionales del Frente Unido institucional permitió que la creatividad revolucionaria de las masas se desplegara como fuerza motriz de la construcción socialista, buscando enfatizar y promover los elementos proletarios en la dirección de la sociedad y cerrar las brechas históricas entre obreros y campesinos, ciudad y campo, producción y revolución. Bajo consignas como “Aferrarse a la revolución y promover la producción”, se procuró integrar el trabajo manual e intelectual, vincular la transformación ideológica con la práctica productiva y afirmar que el progreso material solo podía sostenerse sobre una base política y moral revolucionaria efectiva.

Al mismo tiempo, se reconocía que la movilización masiva no era completamente autónoma ni madura, pues en ella coexistían elementos proletarios y pequeño-burgueses, entusiasmo y confusión, espontaneidad y faccionalismo. Para ello, el Partido tenía que ser capaz de articular propuestas estratégicas y una orientación política que encauzase correctamente la creatividad de las masas hacia nuevos órganos de poder, como las alianzas tripartitas, sin sustituir la iniciativa popular por estructuras rígidas.

En este sentido, la experiencia de Lin Biao puede entenderse como un intento de imponer un modelo más rígido y menos dialéctico de la relación partido-masas, ya que su enfoque priorizaba los cuadros militares y la idolatría de la dirección sobre la iniciativa creativa y crítica de las masas, limitando la capacidad del Partido para mediar y educar en medio de las movilizaciones populares. Al final su caída se tradujo en que la izquierda del PCCh, que en ocasiones había establecido alianzas tácticas con Lin, quedase debilitada.

Por su parte, la derecha, descolocada en los primeros años de la Revolución Cultural, pronto comprendió que podía aprovechar los momentos de debilidad de la izquierda para reorganizarse. Para ello, justificó la implantación de políticas económicas tendentes a la vía capitalista apelando a la estabilidad, rehabilitó y reconfiguró espacios favorables a elementos burgueses utilizando un lenguaje ostensiblemente revolucionario y, finalmente, reinterpretando directamente el pasado. De esta manera, la llamada «Banda de los Cuatro» y sus aliados, que solo habían empezado a ganar protagonismo con el inicio de la Revolución Cultural y dependían de la participación espontánea de la juventud, quedaron especialmente expuestos a la ofensiva de la derecha.

En sus últimos años, la lucha de líneas se hizo más compleja precisamente porque todos los sectores se reivindicaban como revolucionarios y seguidores de Mao, y los matices ideológicos adquirieron una importancia decisiva, llegando a abrir debates sobre cuestiones centrales del socialismo, como la naturaleza de la dictadura del proletariado, los límites del derecho burgués y el sentido mismo de la transición al comunismo.

Referencias

1 Decisión del Comité Central del Partido Comunista de China sobre la Gran Revolución Cultural Proletaria, PCCh, 1966

2 Sobre la base social de la camarilla antipartido de Lin Biao, Yao Wenyuan, 1975.

3 Conversación con Wang Hongwen y Zhang Chunqiao, 4 de julio de 1973.

4 Informe de la Revisión de la Constitución del Partido, Wang Hongwen, 1973.

5 Informe sobre el trabajo del Gobierno, Zhou Enlai, 1975.

6 Chairman Mao’s Talk with Members of the Politburo who Were in Beijing May 3, 1975.

7 Chairman Mao’s Primary Directives, Compiled from multiple important statements from Chairman Mao between October, 1975 and January, 1976.

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