Pedro Sánchez vuelve a protagonizar titulares internacionales al oponerse a la guerra contra Irán. Los sectores populares de todo el mundo aplauden y celebran estas declaraciones. Y es justo celebrarlo, porque genera división dentro de una alianza imperialista, lo que debilita a las fuerzas del capital en su conjunto. Por ello afirmamos que es justo celebrar que exista una nota discordante de entre los países imperialistas de la OTAN, que cuestione que sea correcto comenzar guerras de agresión. Es positivo que el Presidente de España se oponga a la guerra, al incremento general del presupuesto militar al 5% del PIB, o al genocidio de Israel en Palestina.
Pero las y los comunistas, que aspiramos a representar a la clase obrera y guiarla a acabar con este sistema capitalista criminal y sanguinario, no podemos quedarnos en la mera celebración. No podemos quedarnos a la cola del PSOE, que no deja de ser el representante de la oligarquía financiera española, y sus socios de gobierno; pero tampoco podemos cerrar los ojos y negarnos a reconocer la tímida pero positiva posición para el proletariado y los pueblos que están defendiendo en el terreno internacional.
En el contexto actual las tensiones entre las distintas potencias imperialistas marcan la situación internacional. El inicio de la nueva administración Trump oficializó el hecho de que la oligarquía financiera estadounidense necesita una nueva forma de gobierno. Ya no es suficiente un gobierno liberal. Es necesario un gobierno de ultraderecha, un gobierno que impulse abiertamente una política de agresión y dominación global, tanto contra los enemigos internos como contra los enemigos externos.
Estos últimos son tanto los países que se resisten a lamerle las botas, como las distintas potencias competidoras, entre las que destaca China. Esto se traduce en volver a convertir en su “patio trasero” a América Latina limitando la influencia comercial china, golpear fuertemente al Eje de la Resistencia en Oriente Medio (siendo el petróleo iraní un recurso estratégico para China) para dejar a Israel como su base militar en el terreno, y reforzar su posición en Asia-Pacífico para ralentizar el avance regional de China.
Para hacer todo lo anterior y centrarse en su competición con China, debió poner a ralentí la guerra contra Rusia en Ucrania, e instigar a sus antiguos socios de la alianza atlántica a un rearmamento acelerado. Esto sirve a la vez para financiar a EEUU (el mayor proveedor de armas a nivel mundial) como para reforzar a los partidos de extrema derecha euroescépticos, debilitando a la Unión Europea como posible alianza imperialista competidora de EEUU.
Sin embargo, la nueva agenda estadounidense no acaba de alinearse con los intereses de la oligarquía financiera española, que sigue apostando por la vieja forma de gobierno, de intento de conciliación de clases, de dominación del pueblo con el engaño como herramienta principal, de dominación imperialista de los países de América Latina y del Norte de África bajo apariencia democrática, y no mediante la coacción y la agresión abierta. En una palabra: a la forma socialdemócrata.
La agenda de EEUU encuentra reticencias en España, porque el dominio imperialista español no necesita de una mayor agresividad militar, aunque se haya visto beneficiada de tales agresiones, como recientemente contra Venezuela, con la que empresas como REPSOL se están frotando las manos. Sin una amenaza militar, como sí percibe Alemania ante Rusia, o una necesidad de reforzar este aspecto para garantizar su dominación imperialista, como Francia en África, la oligarquía española parece apostar por un rearme más progresivo, y priorizar sus inversiones en mercados que fortalezcan su posición económica.
El presupuesto destinado al rearme del 5% iría en detrimento de las inversiones estatales españolas de las que tanto se beneficia el sector privado, implicaría recortes sociales que disminuirían el consumo y pondrían en mayor riesgo la estabilidad política. La oligarquía española, al ser relativamente más débil que la de Francia o Alemania, está optando en este contexto por fortalecer su capacidad financiera desarrollando relaciones comerciales con China, némesis actual de EEUU, y por tanto poniendo en tensión la alianza entre EEUU y la UE en el marco de la OTAN.
Lo más sorprendente de toda la situación es que no es que el PSOE se haya radicalizado, sino que el espectro político ha virado tan rápidamente a la extrema derecha que un PSOE derechizado (en posiciones mucho más moderadas que hace dos legislaturas, cuando competía con Podemos en la moción de censura al PP) es la posición más a la izquierda de entre todos los gobiernos de países imperialistas.
Si en los últimos años el PSOE se mantiene en las encuestas como una de las opciones con mayor intención de voto, es porque buena parte de la oligarquía financiera está apoyando su orientación de gobierno, aunque una sección nada desdeñable sí apuesta por continuar en el vagón de cola de EEUU. A pesar de ser la nota discordante, Pedro Sánchez ha recalcado en todas sus intervenciones que es un gran admirador de EEUU y un firme defensor de la OTAN, comprometido a aumentar el rearme de acuerdo a las condiciones de España, a condenar la resistencia palestina, a abrazar al “pueblo de Israel” mientras condenaba “los crímenes de su gobierno”, o a condenar “la ilegal y violenta respuesta de Irán”. Actualmente, Pedro Sánchez es el mejor gestor de la oligarquía financiera, y sabe posar a la izquierda mientras sigue sirviendo al gran capital.
A nivel local no nos puede quedar duda alguna: El gobierno progresista encabezado por el PSOE es un gobierno al servicio de la oligarquía financiera española. Solo hay que observar cómo durante las dos últimas legislaturas ha permitido desarrollar sin freno las grandes empresas españolas, brindándoles todo el apoyo necesario desde el aparato del Estado, tanto a nivel exterior como interior, en detrimento de las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Las medidas en favor del pueblo son limitadas cuando no cosméticas, por poner solo algunos ejemplos: el aumento del SMI y la aprobación del salario mínimo vital no compensan el encarecimiento del coste de vida, descontrolado desde la desregulación del mercado de la luz y ante una burbuja inmobiliaria y de los alquileres; la reforma a la Ley Mordaza o al Código Penal han acabado por limitarse a sus “aspectos más lesivos”, introduciendo a su vez nuevas modificaciones que han dejado una legislación menos garantista y más agresiva contra la protesta social; durante su mandato proliferan las agresiones LGTBQfóbicas y pogromos racistas, los escuadristas de desokupación, y una policía cada vez más militarizada, con sonados y recurrentes casos de infiltración y abuso de autoridad amparados por el Gobierno.
El PSOE de Pedro Sánchez ha llevado al máximo exponente la contradicción de su existencia: su discurso en favor de la clase trabajadora y su programa burgués. Se ha convertido en el Partido de Estado indiscutible, el mejor garante de los intereses de la oligarquía financiera, pero como partido burgués de base obrera, no puede sino decepcionar con sus acciones a sus votantes. Esta es la baza que intenta explotar la extrema derecha. Las medidas del gobierno del PSOE al servicio de la clase capitalista deben encontrarse sistemáticamente amparadas por una gran maquinaria propagandística, un discurso manido, que intenta conciliar lo irreconciliable, y que en particular se despliega al máximo ante los comicios electorales.
No debemos permitir que la decepción ante las promesas incumplidas de los socialdemócratas fortalezca la reacción abierta. Tampoco debemos permitir que este descontento lo capitalice el reformismo, porque este no es más que una reedición algo más radical de la socialdemocracia. Nuestra responsabilidad como comunistas es exponer esta situación a las masas trabajadoras. Debemos convertir la decepción con la socialdemocracia y el reformismo en una decepción hacia toda posibilidad de reformar el capitalismo. Debemos convertirlo en organización consciente, de clase y dirigida hacia la revolución socialista.
Para ello, debemos hacer una persistente y tenaz propaganda en los espacios organizados de la clase obrera, en la que señalemos el verdadero carácter de la socialdemocracia y el reformismo. Al mismo tiempo, debemos exigirles que cumplan sus promesas, que sean coherentes con su discurso, que antepongan los intereses de la clase obrera a los del capital. Todo paso que hagan en tal dirección, aunque sea forzado por las circunstancias, será un paso adelante para el proletariado, y profundizar en la división entre las facciones de la burguesía.
Del PSOE y sus socios solo podemos esperar promesas incumplidas. Y ante sus negativas respondemos: ¡dejad de mentirnos y demostradnos que estamos equivocados! ¡podéis empezar por dejar de comerciar armas con Israel de una vez!
La decepción con el gobierno progresista es inevitable,
¡convirtámosla en convicción de la necesidad de la revolución!
