En los últimos días, hemos oído a Donald Trump apoyar las protestas en Irán, anunciando que “la ayuda está en camino”. El presidente de EEUU incluso ha llegado a jactarse de haber impedido que el régimen iraní ejecute a los manifestantes [1]. A esta solidaria muestra de “amor a la libertad” política también se ha sumado Israel. Sin embargo, ni a EEUU ni a Israel parecieron importarles las vidas de los iraníes cuando bombardearon el país en Junio del año pasado, matando a cientos de civiles. Tampoco pareció que a la administración norteamericana le hayan preocupado los derechos políticos en Irán durante las muchas décadas de injerencias estadounidenses en el país: cuando derrocaron al gobierno legítimo de Mossadegh en los 50, cuando armaron al dictador Saddam Hussein para desarrollar su guerra proxy contra Irán o cuando colocaron al gobierno títere del Sha para mantener al país bajo su control dictatorial. Trump condena la represión en Irán, pero justifica el asesinato de Renee Good y las miles de deportaciones ilegales perpetradas por el ICE.
Para EEUU, la lucha de los pueblos de Irán, que es justa y admirable, no es más que un instrumento para desestabilizar a su rival político y extender su influencia en Oriente Próximo. Nadie se cree esta pose de solidaridad con la población iraní. Los disparatados aranceles emitidos por la Casa Blanca tenían por objetivo perjudicar especialmente a los países cuyos regímenes ofrecen cierta competencia o resistencia al mandato de Washington. En Irán, esto se ha traducido en un deterioro súbito del poder adquisitivo, que ha afectado principalmente a los sectores populares.
Podemos observar como a lo largo de 2025 la moneda nacional de Irán ha perdido casi la mitad de su valor y, como resultado de los aranceles, el banco central del país solo tiene acceso al 25% del capital. A esto debe sumarse la gravísima sequía que amenazó con evacuar Teherán en noviembre del año pasado. Las condiciones de vida en Irán son pésimas, puesto que al mandato capitalista burocrático del régimen de los ayatolás debe sumársele las consecuencias de los aranceles, a pesar de que el país posee recursos de sobra para ser próspero. Todo esto ha llevado a que los comerciantes del sector tecnológico en Teherán, los llamados bazaaris, parte integrante de la burguesía nacional, hayan encendido la chispa de la protesta. Los bazaaris han sido una fuerza social decisiva porque son un sector de la clase dominante, que tradicionalmente ha apoyado al régimen. Las clases populares han aprovechado esta división interna para sacar adelante sus demandas legítimas.
Irán es una república islámica gobernada por el Ayatolá Khameini y los clérigos de la Guardia Revolucionaria, todos ellos parte de la burguesía burocrática del país. Estos son los opresores directos de los pueblo de Irán y su enemigo principal, pero eso no implica que los manifestantes deban colocarse bajo el liderazgo de los imperialistas occidentales, cuyo interés no es más que cambiar la dictadura de los ayatolás por otro régimen opresivo, pero favorable a los intereses de la Casa Blanca. En este contexto, la denostada vieja monarquía de los shas está ganando posiciones apoyada por EEUU e Israel, presentándose como una alternativa para una transición pacífica a una monarquía parlamentaria.
La burguesía nacional, que durante las últimas décadas había escalado posiciones hasta alcanzar el actual gobierno, se encuentra limitada por el régimen. En las calles, los manifestantes han sido heridos y asesinados, han sufrido cortes de luz y de telecomunicaciones, se les ha acusado de sionistas e imperialistas, acumulando miles de asesinados (es difícil saber la cifra exacta) en solo dos semanas de 2026. Todo por luchar contra el régimen fundamentalista opresivo y sanguinario que ahoga a a las masas populares desde hace décadas. Los pueblos de Irán ya dieron ejemplo de valentía y entereza en las protestas de 2006, 2009, 2016, 2018 y 2022. En 2019, una ola de huelgas generales sacudió el país, y aún se recuerdan las huelgas del sector petrolero en 1978 [2]. También en esta ocasión los y las trabajadoras han empleado su posición esencial en la economía del país para hacerse escuchar, aun teniendo a los sindicatos en contra.
Irán es un país que encierra múltiples nacionalidades, etnias y religiones, incluidas parte de las naciones kurda y baluche, en el que tal diversidad no ha sido impedimento para que miles de personas marchen hombro con hombro arriesgando su vida por la libertad y un futuro de prosperidad. La historia nos muestra una vez más que la única guerra justa nunca fue entre religiones ni entre naciones, sino de clase: opresores contra oprimidos.
Por ello, las tareas del proletariado revolucionario en Irán es reorganizarse en las condiciones favorables de la lucha de clases actual, ser capaz de unirse y liderar al resto del pueblo contra el régimen capitalista burocrático de los ayatolás, aprovechando la condición favorable de la alianza con la burguesía nacional, y oponiéndose a la injerencia imperialista estadounidense.
Consecuentes con el internacionalismo proletario, la clase obrera y los pueblos del mundo estamos con los pueblos de Irán, por la revolución democrática contra el régimen de los ayatolás, y contra la injerencia imperialista a través del retorno de la monarquía.
¡EEUU e Israel, manos fuera de Irán!
¡Abajo el shá, muñeco de trapo del imperialismo!
¡Abajo los ayatolás, opresores de los pueblos!
¡Viva la revolución democrática de los pueblos de Irán!
[1] https://www.aljazeera.com/news/2026/1/15/trumps-bluffs-why-us-strike-on-iran-remains-real-threat
