25N: Ante la ofensiva patriarcal, solo podemos confiar en nuestras fuerzas. ¡Reorganicemos la autodefensa popular de las mujeres!

Este 25 de Noviembre, día internacional de la erradicación de la violencia machista, hacemos un llamamiento a la lucha y movilización de todos los movimientos populares, de toda la militancia comunista. Debemos reorganizar la lucha ante el panorama desolador de violencia patriarcal que tenemos que confrontar todos los días las mujeres y las disidencias.

La alianza entre el patriarcado y el capital sigue aplastando los derechos de las mujeres y del colectivo, sin ninguna garantía de que todo lo luchado y conquistado hasta ahora pueda ser mantenido si contraviene los intereses de la oligarquía financiera y sus lacayos. Bajo el manto del imperialismo, la defensa de los derechos de las mujeres y el colectivo se convierten en poco más que una nueva justificación para seguir dominando otros países, mientras se perpetúa la violencia hacia las mujeres de clase trabajadora y del pueblo en las fronteras del país imperialista.

El imperialismo ha extendido sus relaciones de dominación a lo largo y ancho del globo. Por un lado, el dominio de las potencias imperialistas fuerza a un estado permanente de atraso a los países dominados: frenando el desarrollo del país, haciendo persistir o implantando relaciones feudales y semifeudales, por ende, también relaciones patriarcales mucho más fuertes.

Por el otro lado tenemos a los países del centro imperialista, donde la lucha de las mujeres trabajadoras ha conseguido arrancar una serie de derechos, y el bienestar relativo genera la falsa ilusión de que la situación por sí misma ya va a mejor. Sin embargo, vemos que esto no es cierto, que la tasa de feminicidios no decae, que persiste sin vista a cambio la brecha salarial y que, actualmente, se encuentran en pleno auge los discursos más reaccionarios que pretenden, no sólo evitar la conquista de nuevos derechos, sino hacernos retroceder en los que ya hemos conquistado.

Todo esto demuestra, una vez más, el panorama devastador en que nos encontramos las mujeres de clase trabajadora dentro del imperialismo. Los cantos de sirena del reformismo claman al Estado protección: cuando los Estados capitalistas son las herramientas de dominación de la clase dominante, de las cuales los reformistas son sus cómplices.

Los órganos gubernamentales que organizan eventos y reuniones para ponerse la medalla de feministas y democráticos miran hacia otro lado ante los genocidios internacionales de los que son responsables activos o cómplices pasivos. Ante masacres que impactan con particular violencia en las mujeres y el colectivo, sobre todo en aquellas más precarizadas. La prioridad de la administración política es servir al lucro de la clase dominante: únicamente aplican medidas para frenar la violencia patriarcal cuando esta es la mejor forma de seguir llenándose los bolsillos, pero no dudan en desplegarla brutalmente para seguir aplastando a los países dominados o en momentos donde es necesario recrudecer la explotación sobre las clases populares en el centro imperialista.

Los Estados capitalistas son el garante de que la violencia patriarcal campe a sus anchas, como podemos ver con la patriarcalización de la justicia, usada como herramienta de impunidad a los agresores, y los medios de comunicación como altavoz del discurso machista y reaccionario.

Cuando las capas populares se movilizan y luchan contra el patriarcado, la ola reaccionaria responde, y es ahí cuando los reformistas se quitan el disfraz, y con tal de mantener el orden social, dejan impunes a nuestros enemigos y arremeten contra nosotras con violencia institucional por parte de las fuerzas estatales, intentando apagar el fuego que generamos.

Como comunistas, no debemos dejar que el fuego de la lucha se apague. Debemos hacer que crezca la hoguera y que nuestra rabia pueda guiarnos a nuestra liberación. Estamos en la obligación de seguir luchando y movilizándonos junto a las clases populares para hacer frente al imperialismo, al reformismo con su falso feminismo, a los reaccionarios y a toda forma de opresión contra el pueblo.

La economía del capitalismo monopolista ha llegado a tal grado de estancamiento que vuelve incapaz de responder a su Estado ni con las más míseras migajas a nuestras legítimas reivindicaciones. Porque atender a estas reivindicaciones, supondría ceder en el recrudecimiento de la explotación, y perder pie en la virulenta competencia con el resto de capitalistas.

Por nuestro lado: no nos valen ni las migajas ni los derechos a medias. La institucionalización de una parte del movimiento feminista muestra que reformar el Estado capitalista, hacerlo más amable, es imposible. Desde el feminismo institucional se llama a confiar en el Estado, se llama a la desmovilización. Ese feminismo institucional no son más que intentos de parches que, engarzados en este sistema, quedan en papel mojado. Este es el escenario que contemplan con desamparo muchas mujeres de clase trabajadora.

La desmoralización ante la falta de movilización no pueden ser nuestra respuesta. Debemos organizar la autodefensa feminista con más ahínco, movilizar ampliamente a las mujeres y disidencias estos días señalados, y organizarlas de forma permanente. Desde estas organizaciones cada agresión tendrá su respuesta. Cada derecho vulnerado, tendrá consecuencias. El feminismo que realmente defiende a las capas populares no está en las urnas, está en nuestras calles, que deben volver a ser incendiadas e inundadas con nuestra presencia. Sólo poniendo a la lucha contra el imperialismo y toda opresión en el punto de mira es como podemos generar una verdadera respuesta.

Esto implica que tenemos que lanzarnos a la organización de colectivos que nos permitan avanzar en la lucha. Por una parte, con frentes intermedios, de activistas revolucionarias, comprometidas, que consigan unir las luchas de resistencia con la lucha por la liberación, que consigan generar espacios masivos que puedan dar sentido y continuidad a la lucha. Por otra parte, desde los frentes de amplias masas, que deben avanzar posiciones en sus batallas concretas, comprender mediante la lucha los objetivos más generales, y afianzar el conocimiento de que, pese a cualquier pequeña mejora que conquistemos, no podremos derruir el patriarcado sin acabar con el Estado capitalista.

El Estado, como herramienta de dominación de una clase sobre otra, nunca podrá, como nos ha demostrado, cambiarse desde dentro, y menos aún dar una solución ante la violencia patriarcal.

Sólo el pueblo salva al pueblo. Solo la organización y lucha de las clases populares, en la que pongamos al frente las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras, permitirá, a través de nuestros propios mecanismos de autodefensa, combatir al patriarcado y su violencia. Retomemos la movilización y agitación en nuestras calles, volvamos a levantar nuestros espacios de organización y acción política.

¡La erradicación de la violencia patriarcal es una ilusión bajo el imperialismo!

¡Desechemos toda ilusión reformista, organicemos al pueblo para luchar!

¡Convirtamos la lucha feminista en parte del frente unido contra el imperialismo!

¡Solo organizar la revolución nos llevará a nuestra liberación!